Me perseguí a mí mismo un largo rato y me adentré en el campo.
Dos cabezas repletas de basura.
Nuestro alcance era más del que creía,
lo cual sólo me hacía mucho más responsable.
Amarillo, amarillo, oro y ocre.
Nos detuvimos. Abrazamos el campo. Nos quedamos muy quietos.
Todo el mundo precisa de un lugar.
Lo precisás por el momento en que lo precisás, después lo bendecís
–muchas gracias, sopita; muchas gracias, linterna–
y seguís adelante. ¿Quién hace esto? Nadie.
Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
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