Veinte años de mi vida
vuelven embalsados tras el agua clara de tus ojos
y allí nos veo de los veinte a los cuarenta,
en un abuso de autobiografía,
los años de arder y perder algo cada día,
paciente materia de los versos, donde quedó en rastrojo
para volver a su cultivo a los sesenta.
¿No será ya tarde, no será un acto de arrojo,
temerario, reanudar la mutua compañía
a esta edad cuya sintaxis, más honda, segregada y lenta
nos somete a oscilaciones y súbitos antojos
de un calendario con feriados de manías,
viejas compartidas, aunque la vida sea todo lo que cuenta?
Los años de arder, por esta facultad que alojo
de nombrar, han recibido el bautismo de María.
Y por más de un motivo la voluntad que alienta
en ese nombre trae una calma nueva y alegría
pese que al cuerpo consentido, siempre flojo
de espíritu y avanzando a tientas,
se rebele, haciéndose notar, y la desmienta.
Pero digo calma somos, no cenizas; palabras al rojo
como risas, caldean aún la noche más oscura y la más fría.
(Lelé Santilli, María Moreno)(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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