Las noches que el mar colecciona en su álbum de olvidos
De Diario de mar (1958-1960)
Mar hundido
Al Maestro Carlos Pellicer
De espaldas al cielo, bajo el color azul,
tumbado en ti mismo,
adivinándote.
Sospechando que sí,
que en el fondo del llanto hay peces oscuros
y barcos que no debieron abandonar el puerto.
Yo llego a ti,
a tu trono de pie, a tu vuelo inmóvil,
a las telarañas verdes de tu olvido,
a tu esqueleto de naufragios,
a tu guardarropa celeste,
a tu mirada que las olas de arriba no dispersan.
Arriba a ti ¡Oh mar de mares!:
a tus ciudades sumergidas dentro de sí mismas,
a tus alcobas cuyas ventanas dan siempre hacia adentro:
y llego a ti con los ojos listos para robarte.
Bucear, entrar al alma del mar,
al fracaso del cielo, al secreto de la tierra,
a las noches que el mar colecciona en su álbum de olvidos.
Tocar un día hundido hace tiempo,
hablar con un ahogado que nos recuerda,
conversar con un color que es balbuceo de verde,
tomar el color azul entre las manos antes de que sea
el famoso color azul,
sentir los hombros libres, sin el peso
de la mirada del cielo.
*
Acurrucada en ella misma
se hace perla la tristeza.
Bandejas de peces rojos o dorados
pasan para no ser servidos.
El cocinero negro de un barco blanco
que naufragó hace tiempo
sentado en un «banco de peces»
mira hacia todos lados, impotente,
mientras un pulpo escribe densas cartas
que le dictan su hambre o su miedo.
*
El mar de arriba es la sombra del cielo,
el mar de abajo, el secreto que guarda la tierra.
El mar es un oleaje de cuerpos dormidos,
de recuerdos echados a un lado.
El mar es la única historia del cielo que se conoce.
Mar hundido, mar escondido debajo del naufragio,
mar que mira al naufragio como a un hermano menor,
como a un niño a quien es necesario tratar dulcemente.
Mar arrinconado en algún sitio de las lágrimas,
mar que no vocifera, mar no inventariado,
mar que no bate alas rotas
en ninguna playa, en ningún cantil.
Mar mío, sin superficie, mar sin conducta de espuma,
mar que no ha sido aleccionado por los pañuelos,
mar para los días nublados,
mar para los solitarios.
Mar guardado en el sótano de su casa,
con todas esas cosas usadas hace mucho.
Envuelto en telarañas,
rodeado de retratos cubiertos de polvo verde.
Mar guardado en el fondo de un ropero que no abrimos
para no llorar.
Coctel en el mar
Seguido por sus invitados, el mar hace a un lado
una cortina de olas y dice: —adelante, los que no tengan corazón
pueden pasar con el sombrero puesto
para que nadie vea el color de sus cabellos.
En alta mar se improvisa la música
con unos cuantos peces.
Los que quieran helados, tendrán que ir al Océano Ártico:
por aquí, la puerta siguiente.
Esta reunión será reseñada por los bañistas más cultos.
Las miradas son servidas especialmente para cada uno.
Las lágrimas no figuran en el menú,
aunque más tarde…
En fin, hay historias tristes como en todos lados.
Esta reunión tiene el don de las perlas:
De pronto se desaparece.
Los invitados se aferran a sus ropas
como si la noche pudiera evitarse.
Mañana la prensa hablará como siempre
de los accidentes en el mar,
y se pedirá a las autoridades que prohíban
las fiestas marinas.
Por la noche lloverá mucho
y nadie volverá a acordarse.
Pero tal vez alguno de nosotros descubra en su mirada
a unos extraños peces esperando la hora de llorar.
Entonces correremos hacia las playas y pediremos auxilio
y el oleaje dirá que no nos conoce.
De Los días y sus designios (1959-1960)
Vamos a hacer azúcar con vidrios
Vamos a hacer azúcar con vidrios
cuando la luna empolle en la ventana.
Vamos a hacer azúcar con vidrios
cuando los ricos se quejen de lo malo que están los negocios.
Vamos a hacer azúcar con vidrios
cuando el sueño se te quede sin fuerza en los ojos.
Vamos a llorar con los muertos
que fueron condenados a la resurrección.
Vamos a decir un acertijo
que sólo la noche nos pueda contestar.
Pon atento el oído para atrapar al insomnio
fuera de los ojos.
Pon atento el oído para atrapar al silencio
cuando se haya salido de la boca.
Vamos a navegar en barcos de sudor
para poder viajar a las casas de los obreros.
Vamos a llorar hasta que el lirio
reconozca el error de su blancura.
Vamos a patear a todos los gordos prósperos del mundo.
Vamos a romper los vidrios de las ventanas
como lo hicimos de niños, ¿te acuerdas?
Vamos a limpiarnos un poco lo que somos
con el agua pura de la indignación.
Vamos a gritar hasta que los tímpanos de Dios
o de quien sea, revienten.
Hasta que el corazón se nos sitúe en la mano
como una piedra.
Vamos a gritar, vamos a gritar.
Garganta, encomiéndate al grito.
Puño, encomiéndate al golpe.
Hay un ruido
Hay un ruido poblándose en el aire,
hay un ruido comido por el aire, devorado por el polvo,
usado por los labios de los agonizantes.
Hay un grito donde jadea la noche,
donde un pájaro anuda sus alas con los restos del crepúsculo.
Pisoteado por el silencio y la compasión,
hay un ruido, un pequeño ruido.
Carnes atropelladas, ropas desnudas,
árboles que preguntan por sus ramas,
olores de cuartos cerrados,
miradas escurriendo de ojos tendidos,
planetas secuestrados por un pulso infinito.
Hay un ruido, un pequeño ruido
dentro de cada uno de nosotros, un pequeño rumor al que tenemos
que prestarle atención.
Miren en los zaguanes atentamente,
busquen lo que está crucificado esperándonos
en cada rincón, en el bonete de cada apariencia.
Pasan automóviles llenos de ceniza,
pasan ancianos de vejez ofensiva,
pasan jóvenes que no conocen el asco,
pasan conversaciones llenas de cumplidos,
palabras pisoteadas por bocas indignas.
Pero yo quiero la vida, quiero este ruido
aquí;
como un corazón sentado a mi lado,
como una novia hablando conmigo mientras los dos le damos
de comer al paisaje;
porque yo quiero también la vida
que está en ese pan trasnochado que alguien come
a la luz de la luna.
Por eso en este aletear de palomas disecadas
entre las páginas de enciclopedias,
en este aletear de sábanas
donde quedó la piel que no tuvimos de noche;
en este aletear pausado de alas de arena,
de invocaciones llenas de lunas herrumbradas;
me detengo a escuchar, me detengo a escucharme,
a preguntar por mí, a preguntar por alguien,
a pensar en una mujer, a contestar un saludo,
a escribir un poema;
mientras escucho a ese reloj
que desde el fondo de cada cosa nos dice la hora,
dejando caer en nuestro corazón una manzana
o una espada…
* Poemas pertenecientes a El otro país de su mirada. Poemas inéditos, Villahermosa, Ediciones Monte Carmelo/Seminario de Cultura Mexicana/Gabolibros arte&café, 2026.
José Carlos Becerra (imagen del archivo familiar)
Autor
José Carlos Becerra
Villahermosa, Tabasco, 1936 - Brindisi, Italia, 1970. Estudió Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México. Publicó en vida los títulos Oscura palabra (1965) y Relación de los hechos (1967). Su poesía, reunida por José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid, se editó en el volumen póstumo El otoño recorre las islas (1973). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores en 1967 y de la Fundación Guggenheim en 1969. En 2026 apareció El otro país de su mirada. Poemas inéditos, editado por Francisco Magaña.
(Fuente: periódicodepoesía.unam.mx)
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