viernes, 2 de octubre de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

 

𝐏𝐨𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐚
 
 
Donde voy hay olor de miseria, antropofagia.
Los labios saborean nada. Paredes sin puerta. 
 
He visto en la noche silenciosa, recostados
en sus lechos, despidiéndose, a dos viejos poetas
argentinos nacidos quizás en los años veinte. 
 
Uno me dio su nombre. Hice con sus ojos,
su voz, su lengua, estas cosas, estas pequeñas
piezas en parte burguesas: una oda a la palabra
patria, a la palabra que habla de la nada, a que
la tierra pariera primaveras, a la revolución
rusa, a mi yo: yo en mi centro, yo a mi derecha
y yo a mi izquierda, yo con Pushkin en Moscú,
esa lengua de fuego no solo en el papel. Aura
doméstica. No me arrepiento. Rodeado
de emboscadas, una sarta de catacumbas
corre entre mis dedos.
 
Al otro le arrebaté su letra.
He visto que casi todos sus poemas
eran epitafios y su arte poética una piedra
al cuello para sus discípulos: gestiones
vanas en campos barrosos de secas malezas,
luna velada, retratos oscuros. Cierta sumisión
a distancia fue útil. Siempre quise traicionarlo.
Dominar su método pero no extenderme
en apariencias. Seguí en el camino del rojo
purpúreo y comencé a interrogar los ojos
y los rostros de los ciegos, el mundo
de los sabios, hasta que di con el espejo.
Agua y ajo. Joderse y aguantar
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario