viernes, 2 de octubre de 2026

Alfredo Saldaña (Toledo, España, 1962)

 

 

7 POEMAS de SANAR LA HERIDA 

 



 

 

 

LA HERIDA DEL MUNDO

 

 

Que el pensar no deje de consolarte,

que no te obnubile el fervor

cuando la pasión te ciegue.

 

Ve, acércate y hurga con tus dedos

hasta mancharte en la herida del mundo

o en la espalda mojada de la vida,

allí donde la sangre se confunde con el barro.

Así, más adentro, más adentro.

 

Ve luego y escarba con tus manos

en los estercoleros de la infamia, en la trastienda

de la miseria y en la sala de máquinas de la explotación,

en la factoría de todas las conspiraciones

y en la despensa abarrotada del hambre.

 

Ve después y observa hasta no poder más,

hasta perforar si es preciso la catarata

que te ciega y te impide apreciar la raíz del aire,

el corazón de la barbarie, la idea de la luz

y el secreto que guardan todos los caminos.

 

Sabrás entonces que en ocasiones el frío sucede al frío,

la palabra sola no basta y a veces está de más.

Intuirás de ese modo que callar es un crimen

y que el silencio tiene un precio que más pronto

o más tarde tendrás que estar dispuesto a pagar.

 

Que la fragilidad sea tu fortaleza,

que no te pierda la seguridad

cuando la incertidumbre te ponga en camino.

Cuando la palabra se queda sin palabras

la disidencia da sentido al relato de los hechos

y la norma se escribe del revés,

contra el viento, al margen del libro.

 

Decir al enmudecer. Construir al romper.

Avanzar al detenernos

y regresar sobre nuestros pasos.

 

Ahí, en ese espacio sin límite, impreciso,

vago y fuera de todo lugar, hablar

al callar, hacer al deshacer, escribir al tachar.

 

Y en ese tiempo sin tiempo, sin hora,

sin memoria de pasado ni posibilidad de futuro,

sentir el vértigo de una voz en caída libre.

 

«Dicho y hecho» es un decir

en el que el verbo da testimonio

de su acción al pronunciarse.

 

Cuando la palabra pone en juego su sentido,

al borde de los acantilados, fuera de la ley,

aguarda el frío, está la muerte, el amanecer

acompaña el trance de una blanca y callada despedida.


***

 

Ser en la ausencia. Hacerse presente

como construcción del pensamiento:

imagen y deseo de una idea.

 

Blanco en lo blanco:

puente de luz, raíz del aire,

metáfora de espuma en los senderos del agua.

 

No es tu conciencia sino tu palabra

la que sin quererlo y sin desmayo te traiciona:

vives fuera de ti porque llevas un mundo dentro.


 


LA TIERRA QUEMADA

 

 

Cuando la devastación haya concluido su trabajo,

¿quién avivará el fuego en las mañanas de invierno?,

¿quién dará testimonio con su palabra?,

¿quién conservará en sus pupilas los paisajes de la memoria?,

¿quién calmará la sed de todos los vencidos?,

¿quién abonará de nuevo el labrantío de la tierra quemada?,

¿quién rasgará con su faca la línea quebrada del horizonte?,

¿quién dirá sin temblar «esta boca es mía» en contra del tirano?

 

Entre los pliegues de su corazón el bosque aún protege su secreto.

 


 LA SENDA DEL VIENTO

 

 

El mundo se esconde detrás de la palabra.

Aparece la palabra

para que desaparezca el mundo.

 

Polvo en el viento, relato de nadie.

Y, mientras tanto —ya lo ves, ya lo sabes—

todo eso sigue su curso sin porqué.

 

El sendero se abre al caer la noche.

Cuando se desangra la lluvia

aún palpita un corazón atenazado por el frío.




CALOR DEL FRÍO

 

 

Poética del borde:

 

rescatar

entre montañas de escombros

los materiales de desecho

y los puntos ciegos

que han quedado abandonados

en los vertederos de la memoria,

al margen del camino,

bucear

en los mares de la infamia

hasta dar con el hueco

donde se pierde el deseo

y ser ya un hombre libre,

un hombre,

atravesar

los túneles que recorren

de norte a sur

el corazón destrozado de la tierra

y respirar

junto a los que luchan por respirar,

adentrarse

por las cañerías de la historia,

esos orificios negros

donde se amontonan los miserables

que el débil recuerdo

ha arrastrado al olvido,

recuperar

las voces de los excluidos

y reventados por el poder,

explorar

en las factorías de la verdad

hasta desenmascarar la fórmula

de todas sus falacias,

dejarse arrastrar

por ese débordement

que borra toda clase

de límites, fronteras y particiones,

articular

acciones contrapuestas

con el deseo de construir un mundo

ordenado sobre la belleza del desorden,

insistir

sin claudicar,

como alguien que no deja de caminar

y se pierde entre sus pasos,

avanzando, retrocediendo,

andando en círculo,

reconocerse

en la pérdida

hasta dar con el secreto

que custodian las aves de paso,

los pasos fronterizos

y los hombres que en silencio

pasan de largo.

 

En malpaís

el frío arropa la noche del testigo.

 


 VIDA

 

 

Ser cruce en el sendero,

punto de fuga, ala que

al doblarse sostiene la caída.

 

Vivir es abandonarse,

abrir paso al desaliento

en el que resiste la plenitud de la nada,

pensar en una soledad lacustre

y sin regreso, liberarse

de la biografía al desertar

de ese país imaginario

que es el pasado, soltar lastre,

vencer la gravedad al tocar la luz,

estriar el cuerpo o la dirección

y retratarse en un marco vacío

suspendido en la pared,

sostener con la mirada

un mundo que se abisma

o perforar un pozo donde aguardan

las palabras que han brotado

para estar solas,

calmar la exigencia

de ser alguien.

 

Vivir es perderse

en el corazón pedregoso

del adentro,

caminar sin estrategia

y sin un objetivo trazado,

como quien hace mucho tiempo

que ha renunciado

a marcar sus huellas

sobre el sendero, respirar

en el espacio que se abre

entre la pregunta y la respuesta,

escribir sin escribir

o transformarse en un texto rupestre

que pueda leerse bajo la lluvia,

a la intemperie,

demorar el relato

que ha de sellar

la piel rugosa y áspera

del acontecimiento.

 

Vivir es ausentarse,

desaparecer como quien

anochece entre las nubes,

se olvida de sí mismo

y se lastima al tropezar,

derrumbarse al romper el equilibrio

entre hablar o callar algo,

anidar como un pájaro

que aún se sostiene

entre las ramas de los árboles

al calor de una mudez

persistente y lacerada,

activar las células del frío

en la oquedad del páramo,

encontrar un lugar

donde nada quepa

en ningún sitio,

todo se borre al pasar

y un hombre

no sea más que un hombre

al acostarse sobre

la luminosa piel de la devastación.

 

Ser un anónimo,

el nombre de nadie, el sello

más extraño y más seguro.




 

GANAR LA PÉRDIDA

 

 

Curar la ausencia,

salvar su imagen sin violentar

la levedad tibia de su hueco,

restañar la herida abierta

por la grieta que da paso

al lugar en el que se pulveriza

la belleza que sangra en la mirada,

el bancal en el que los muertos

abrazan a sus deudos

hasta casi sostenerlos.

 

Calar la verdad que ha de llover

como quien irriga

la negra flor de la conciencia

de una muerte que anuda

el final con lo que precede al comienzo,

ese instante abonado

de estupor y soledad,

sin saber qué está por llegar

y sin dar contenido

al compás de espera,

como quien sin sentido ni perspectiva

se sume en una Nevski vacía.

Abandonar sin cerrar,

concluir sin terminar

y lograr que la extensión

se transforme en hondura,

finalizar sin sellar o sin quebrar

el labio de una nube al caer.

 

Dejar de hablar, interrumpir

el curso de la escritura

y despejar el cauce de ese silencio metálico

que respira ante lo innombrable

sin darse por vencido.

Mantener abiertas

las claraboyas del pensar,

las tranqueras que dan acceso

a la casa de la lluvia y el ser

humano.

 

Avanzar hacia dentro,

adentrarse en el afuera,

ganar la pérdida.



Alfredo Saldaña. Sanar la herida. Huerga & Fierro Ed. 2025

 

(Fuente: Voces del extremo) 

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