No sabía
No sabía que el diamante fuera pájaro ni tampoco que muriera de una muerte que no fuera natural: un diamante tiene la suerte del brillo de la centella, aunque alguna estrella se enfríe y la sal de la vida sea lo que se lea como novela por el rabillo del ojo de un gran lector cenital. Adivinó que era amor y se ríe: se pudiera, escribiría en potencial, y si no, sería contante. Me enojo, hago mal y digo para adelante: ese pájaro se ha muerto y no es augurio de Lázaro ni de santa ni sabbath. Lo cierto es que yo te extraño y que es Maureen la que canta pelirroja con esplín, la verdad de lo ocurrido "You'll never know how much I miss you" You es tu, sos vos, SOS, como un pedido de auxilio, miss, cualquier daño fue anterior. Estoy a un tris de entender (¿un diamante es doble amante, o dos veces sin objeto o sólo un reto a la repetición?) que por ejemplo otra vez, algo me está esperando –corazón-mata-callando— y se va, como en inglés, "sobre su ala", vale decir, se nos vuela. La textura del tiempo, Vladimir, es rala, una usura del instante y de sufrir cuando apela a no sé qué: nunca volver es lo mismo que irse para adelante. Me tocaste, ¿te toqué? ¿Compartimos un abismo? Dame, diste, dí, diré: las facetas del diamante son, no sé, mejor hablame y te creo. Así como quien reza sin un deseo de asceta: todo poema es de amor, toda guerra es interior, toda palabra está presa.
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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