Cada vez que uno de ellos moría llegaba un animal/
-entre mórbido y compasivo- a lamer sus restos,/
les cubría los rostros con telaraña para que cicatrizaran sus órbitas heridas/
por el recuerdo de aquello que habían mirado,/
y después tornaba a su cubil, desconcertado/
pero consciente de lo que acababa de suceder./
¡Ah, escritores suicidas! Ah, malditos desde toda una eternidad./
La poesía no va en auxilio de su hacedor./
Su sistema reproductor de hacedores es externo, desova en los pantanos.
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