viernes, 16 de octubre de 2026

Roberto Apratto (Montevideo, 28 de agosto de 1950 - Montevideo , 15 de octubre del 2025)

 

 

 

 

 

3 

.

Las últimas palabras de mi madre
tal vez un día antes de su muerte
(casi no hablaba) en el CTI del Hospital Italiano,
una sala antigua donde unas cortinas separaban
cada cama de la de al lado. Ella permanecía
casi todo el día con los ojos cerrados, derrotada
a los 83 años recién cumplidos.
Así que cuando entré a verla, ya de tardecita, después
de hablar con mis hermanos afuera,
y me acerqué
a la cama para saludarla, pensaba,
como se piensa en esos casos,
y como la ya prolongada enfermedad
nos había acostumbrado a pensar,
quién era esa madre, qué había sido,
qué quería decir
madre después de tantos días de internada
y de tantos años
de ser madre, qué era, mientras
le agarraba la mano
libre de cables, con cuidado, la relación
entre hijo y madre,
eso estrictamente personal
que había entre ella y yo: ella,
Noemí Davison, tirada en la cama, notoriamente enflaquecida,
y con una mueca de dolor que, de alguna manera, reproducía
la mueca de risa que siempre había tenido,
aun cuando no hubiera nada de qué reírse,
y que amabilizaba sus rasgos,
o los hacía cómicos a su pesar. Ella era
un cuerpo quieto
al cual yo llegaba, entonces, un viernes,
para estar al menos un rato, unos minutos, como las dos semanas
anteriores, exactamente desde su cumpleaños, el 10 de julio,
cuando, de niño, tomaba
chocolate caliente en el festejo:
estar con mi madre, con la mano agarrada,
era tratar de hablar,
de hacer valer de algún modo ese tiempo
como el tiempo entero de ser hijo.
La luz intensa del recinto,
general, convertía en público lo privado, dejaba a la vista
la vacilación afectiva, la distancia
que me suspendía frente a su rostro
y su pelo gris, nunca del todo blanco.
Estaba con los ojos abiertos,
pero no se sabía qué veía, qué era el mundo que se le veía encima,
y ahí estaba yo, el hijo menor, ante la suavidad que la rodeaba,
un aire leve que le impedía levantar la voz,
y mucho más
devolver la presión de los dedos de ese tipo, de cuarenta y nueve años, de cuarenta y nueve años,
a quien, tal vez, no reconocía como su hijo: un aire
de no esperar nada de nada, ya “casi sin resto”, como me había dicho
el médico de guardia: un espacio de silencio profundo que rompió
para decir “mijito”, muy despacio, pero también muy claro. Como
una prueba, un juego que disimulara
la gravedad de la situación,
y a la vez incluyera el tiempo de hijo y madre que estaba en la escena,
le pregunté qué hacía yo en la vida. Literatura, dijo, sin dudar
ni un segundo, sílaba por sílaba. Eso fue
lo que dijo esa noche,
lo que quedó entre ella y yo, como si fuera poco. Cuando salí a la calle,
a la oscuridad del parque, vi que me había quedado solo,
a la intemperie, con las últimas palabras
de mi madre:
el saber secreto de mi madre, que, desde entonces,
deja al presente en una línea sólida
que muestra lo que hubo,
el sonido del tiempo restante para ser hijo
y hacer literatura
en la intimidad del fresco de la noche. Para eso, entonces,
sin olvidarse de nada.
.
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)

No hay comentarios:

Publicar un comentario