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En ese afinarse de la mala sangre
en ese cuerpo que ya nada celebra
se encierra todavía, inquieto, pero ya sin causa
un sueño de pretéritos: este es el punto
más sombrío del camino
la cornisa donde el gastado animal
se asoma para contemplarse
y masticar su término, lamer la piedra más antigua
nutrirse de su sal.
Es el momento de no tener motivo,
de rendirse
porque no acepta continuar
sin la bendición del cáliz de su cuerpo
sin la latencia que lo mantuvo alerta.
Vuela el halcón al hígado,
se hunde su pico sin hambre
para cumplir con un mandato
que le fue asignado al comienzo del tiempo.
Extrae lo que puede, sin preguntar las causas.
Solo debe completar la tarea:
limpiar lo que queda, ser preciso,
santificar los huesos.
En La mala sangre (en preparación)
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