Los sueños televisivos
(cuando tengas hambre de verdad, haces esto)
Me desmantelo y mis residuos caen lentamente, como hojas de eucalipto,
hacia un salón extraño donde enciendo la televisión de mis anécdotas,
y la carrera de atletismo que gané allí a los 9 años y trato de dormir
hacia mi lado de la cama (alguien grita en la madrugada mientras suena
reguetón de fondo). Y abro la nevera donde todo es pimientos
y cartones de leche, queso untable y huevos. Luego, miro latas en el basurero.
Y voy al baño y trato de orinar y pienso en la falta de dinero:
me duermo y sueño como invitado al país de las de los jarrones rotos,
del diamante amarillo como diente de lobo tras la niebla.
Entonces, llega el rumor sobre mi doble vida, el murmullo
de mis músculos exhaustos, y estoy retorciéndome
entre las sábanas agujereadas: soy lo que sobra por encima
del cemento (un yo quebrado): una meditación taoísta
con el cráneo ligeramente abierto. Arriba, las aspas de un ventilador
cortan el aire de una habitación modesta. Entonces, adentro de la mente,
un niño se oculta rápidamente tras mi sombra,
tras estos caracoles de agua negra. Ahora ¿cómo salgo de mí?
¿cómo escapo sin desaparecer? ¿Quién contaba al revés
mi minuto presente?: de 59 a 0, aguja tras aguja, de 0 a 0, de 59 a 1 o a 0,
explicando a una botella de cerveza —que está cayendo al piso—
que ya no es útil: un puente que une un puente con otro y no hay orillas.
Eran los vasos entre los que alguien se dormía. O quizás
un sapito de hule, una huella en la cera, un hígado de cordero
sobre la mesa de la cocina. ¿Era eso? ¿Eso era?
Regalarte bonos de realidad, hombre gordo flaco,
como un apunte en braille para un ciego que pierde la memoria
o fotografía la vida con agujas sobre las yemas de sus dedos,
sobre las líneas rectas, curvas, espirales, caóticas del día.
Ilógicamente, algo es mío de cualquier manera. ¿Quien entra en la vida
sin poder alguno y se esconde tras los muebles?
Por ejemplo, tras el librero donde un libro de Jorie Graham
está desparramado como una guía telefónica. Es de noche.
Escúchame, cada recuerdo de un músculo cansado
es una lámpara que explica un árbol del mañana. Sigo, entonces,
a lo que no se sigue a sí mismo: aquí estará la tumba, y sólo aquí,
bajo mil árboles como una niña ciega que huye entre los edificios.
Es de noche. Recibe la derrota que te busca por todas partes
(incluso en los mapas electrónicos, incluso en la nevera abierta):
el émbolo de un motor antiguo girando en tu lengua molida,
ese alfabeto de las piedras de río, es tu casa rodante. Es de noche.
Podría haber tenido un lugar en una casa ajena, pero esta es mi casa
y no tengo ninguno. En realidad, en una casa ajena hubiese tenido
dos veces ningún lugar. Tengo alegría. Un mundo en polvo
llueve sobre un bosque de heliconias. Conjetural y oscura, en la llovizna,
la torcaza está coja y, cerca del amanecer,
trata de comenzar su penúltimo vuelo.
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