jueves, 23 de enero de 2020

Margarita Azurdia (Guatemala, 1931-1998)


Despertar en el paraíso...

 

Despertar en el paraíso
pero sin Adán
sola yo
reina
única dueña de mi ser
como debería ser
para soñar
y crearme
una imagen diferente
de mi serpiente.
 


  incluida en Para conjurar el sueño. Poetas guatemaltecas del siglo XX (Univ. Rafael Landívar, Guatemala, 1998, selec. de Anabella Acevedo y Aída Toledo). 
 
 
(Fuente: Asamblea de palabras)

Wojciech Wencel (Polonia, 1972)


Elegía - Eternidad 

 

La historia de una realización es una historia entrelazada
detrás del cristal en un café de provincias en invierno
los pájaros van de aquí para allá
los borrachos desaparecen en el espeso sepia
del humo que se traga a un chico y a una chica
con sus gabardinas mientras toman una taza de café
en la barra: callan inquietos y al cabo de un rato
la mano de él se arrastra por los pequeños dedos
de ella un instante más y todo habrá terminado
no se dormirán no morirán hasta el fin del mundo
cuando pierdan sus nombres difuminados en el espacio
evocarán los contornos de sus sombras
 


Wojciech Wencel, incluido en Poesía a contragolpe. Antología de poesía polaca contemporánea  (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012, selec. y trad. de Abel Murcia, Gerardo Beltrán y Xavier Farré).


(Fuente: Asamblea de palabras)

Margarida Vale de Gato ( Portugal, 1973)






Crisálidas
 

“Tu belleza”, repetías, yo presa en la inmovilidad de los ojos en trance
pensaba “igual a mí”, como una vez en una película un muchacho
y un perro entregados a la catástrofe por esa especie de venganza
de los seres que se aman, el odio ­–somos
tan nuevos para esto crecemos tan de prisa, sabemos tanto
esta gran tristeza de que me mires y digas
“es tan bonita” y mientas por omisión, mi
rostro volatizado por el alcohol, entre el difuso recorte
de los párpados y tus labios que beso, dices “sin
convicción”, veo la imagen flotando en el agua de dos travestis
la mirada frustrada insolente y me cubres los ojos con tus
labios calientes.

Aseguro una mano en la tuya y la otra en el vaso, una de ellas
se derramará, sonrío para mí, tu cuarta mano
abre delicadamente los labios náufragos
somos tan nuevos, yo seré tan bella, sonrío para tus
dedos, mano ágil, inquieto el lance, nocturno de Lizst, si
me mueves se desmoronará, pero entreabro los labios nuevos
en busca de la pureza como polvo quebrado de vidrio
cortante en las piedras bajo la lluvia, procuro
caminar descalza equilibro un pie frente al otro, exhibo
una agilidad con lo que te hago creer que soy una artista de circo
te deslumbro cuando finjo domar la vida como leones
pero es puro ilusionismo, las sombras de la noche
vienen detrás de los biombos son dobles
y opuestas en el episodio de nuestro amor.

Lavados por la lluvia y el alcohol, espejos anversos nos
ven colgados de cabeza como crisálidas
construyendo capullos de un único hilo de seda y una repentina
vida de mariposa, “es tan bonita”, esta metamorfosis tejida
con saliva y dedos entreabro los labios, mientras
movemos los pies uno frente al otro
rozando colillas rótulos de cerveza vasos de plásticos cuellos
de botellas quebradas contra las piedras breve relámpago de la lluvia
manos tomadas (qué frágiles), y un pie frente a otro, alguien
que canta el fado donde compramos tabaco, tan
gran tristeza no deberías sentir.

Y llueve aún contra las piedras las paredes las ventanas oigo
todo dentro de este cuarto, pensión de putas para amantes exiliados
donde alguien con nombre falso vino a ensayar para nosotros
el acto de nuestro amor
y estoy tan cansada de ser bella y de la imagen mal dibujada
de tus labios que beso, “sin convicción”, dices
en medio de esta ebria lucidez en que tú estás, tus pies
enlazados ahora a los míos mientras alguien debe cantar
el destino a lo lejos, la película de nuestro caso amoroso
proyectada contra las paredes del cuarto donde dormimos este exilio
y un silencio ahora largo como hilo de seda
náufrago abandono
mis pies juntos a los tuyos durante la catástrofe.   



         Versión Mijail Lamas


(Fuente: La Caína) 

martes, 21 de enero de 2020

Santiago Matías (México, 1976)


Expansión del paisaje 

 

[ c’ en apunte al dorso de la p. 14 del ms., se lee: Los tres proverbios. / La punta del ojo. / Forma de lluvia, Forma de nube, Forma de madera / La sombra de un pájaro no se mueve, la liebre corre por el espejo, el lunar en el conejo es la vida en la nieve, el hálito”.]


(último proverbio)

a. Ante meridiem: BUCEO / respiración de cero a la deriva
   abatido
   el sol duplica
   su fósil sobre la arena

   ¿qué hora era?
   ¿viajábamos?

   No

   hoy
   en cambio

   sólo pienso en luciérnagas
   en títeres colgando
   tras el hoyo amarillo de uno, lluvia remo-
b. ta

c. otro ejemplo que algunos (otros) llamaran canto:
   EL PÁJARO NEGRO EN FORMA DE JARDÍN
d. Lo dicho:

   el lunar en el espejo es la mina bajo la nieve
   en sus márgenes
   adivino un cuerpo
   flotándonos veloz
   por el sesgo de aquel follaje

   y por supuesto
   nada queda bajo este cielo

   que ni es cielo
   ni es azul
 
 


(Fuente: Asamblea de palabras)

José Watanabe (Perú, 1945 - 2007)

La piedra



La piedra
entre la blanca arena rastrillada
no fue traída por la violenta naturaleza.
Fue escogida por el espíritu
de un hombre callado
y colocada,
no en el centro del jardín,
sino desplazada hacia el Este
también por su espíritu.

No más alta que tu rodilla,
la piedra te pide silencio. Hay tanto ruido
de palabras gesticulares y arrogantes
que pugnan por representar
sin majestad
las equivocaciones del mundo.
Tú mira la piedra y aprende: ella
con humildad y discreción,
en la luz flotante de la tarde,
representa
una montaña.

Arthur Rimbaud (Francia, 1854 - 1891)


 Infancia


I
Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin parientes ni corte, más noble que la fábula, mexicano y flamenco; sus dominios, azul y verdura insolentes, discurren por playas nombradas, por olas sin navíos, de nombres ferozmente griegos, eslavos, celtas.
En la linde del bosque — las flores de ensueños tintinean, resplandecen, iluminan, — la muchacha del labio naranja, las rodillas cruzadas en el claro diluvio que brota de l os prados, desnudez que sombran, que traspasan y visten los arcos iris, la flora, el mar.
Damas que revolotean en terrazas contiguas al mar; niñas y gigantas, soberbias negras en el musgo verde grisáceo, joyas erguidas en el suelo graso de los bosquetes y jardincillos deshelados, — jóvenes madres y hermanas mayores con la mirada llena de peregrinaciones, sultanas, princesas de andar y de vestir tiránicos, pequeñas forasteras y personas suavemente desdichadas.
Qué aburrimiento, la hora del «querido cuerpo» y «querido corazón».
II
Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. — La joven mamá difunta bajo las escalinatas. — La calesa del primo grita en la arena. — El hermano pequeño (¡está en las Indias!) ahí, delante del crepúsculo, en el prado de claveles. — Los viejos enterrados de pie en el bastión de los alhelíes.
El enjambre de las hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. — Tomando por el camino rojo se llega al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas están arrancadas. — El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. — Alrededor del parque, las garitas de los guardas están deshabitadas. El vallado es tan alto que sólo se ven las cúspides rumorosas. Aunque nada hay que ver, ahí adentro.
Los prados ascienden hacia las aldeas sin gallos, sin yunques. La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del desierto, las islas y las muelas!
Flores mágicas zumbaban. Los taludes lo acunaban. Animales de una elegancia fabulosa circulaban. Las nubes se acumulaban en la alta mar hecha con una eternidad de cálidas lágrimas.
III
En el bosque hay un pájaro, su canto te detiene y te ruboriza.
Hay un reloj que no da las horas.
Hay una hoyada con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que baja y un lago que sube.
Hay un cochecito abandonado en el boscaje, o que baja por el sendero corriendo, adornado con cintas.
Hay una compañía de cómicos en traje de función, vistos en la carretera por entre el lindazo del bosque.
Hay finalmente, cuando tenemos hambre y sed, alguien que te ahuyenta.
IV
Soy el santo rezando en la terraza, — mientras los animales mansos pacen hasta el mar de Palestina.
Soy el sabio en el sillón sombrío. Las llamas y la lluvia se arrojan contra la ventana de la biblioteca.
Soy el peatón de la carretera entre bosques enanos; el rumor de las esclusas ahoga mis pasos. Miro largamente la melancólica colada de oro del crepúsculo.
Sería con gusto el niño abandonado en el embarcadero que la corriente ha arrastrado a alta mar, el paje que camina por la alameda, tocando el cielo con la frente.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retama. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos están los pájaros y las fuentes! Tan sólo puede haber el fin del mundo, camino adelante.
V
Que me alquilen por último esta tumba, blanqueada con cal, con las líneas del cemento en relieve — muy lejos bajo la tierra.
Me acodo en la mesa, la lámpara ilumina muy vivamente los periódicos que releo porque soy idiota, los libros sin interés. –
A una distancia enorme por encima de mi salón subterráneo, las casas se implantan, las brumas se congregan. El fango es rojo o negro. ¡Ciudad monstruosa, noche sin fin!
Menos arriba, están las cloacas. A los lados, nada más que el espesor del globo. Quizá los abismos azules, los pozos de fuego. Es quizá en tales planes donde se encuentran lunas y cometas, mares y fábulas.
En las horas de amargura me imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio. ¿Por qué un atisbo de tragaluz habría de palidecer en el rincón de la bóveda?


En Iluminaciones
Traducción: Ramón Buenaventura


(Fuente: Biblioteca Ignoria)

lunes, 20 de enero de 2020

Dylan Thomas (Gales, 1914 - 1953)



Hazme una máscara


Hazme una máscara y una pared que me aparten de tus espías,
De esos ojos filosos y esmaltados, de esas garras patéticas
De ultraje y rebelión en los orfanatos de mi cara,
Hazme una mordaza de árbol mudo que ataje a mis jurados enemigos,
Una lengua de bayoneta que diga esta plegaria a la intemperie,
Una boca expresiva, una trompeta en que soplar dulces mentiras
Y el rostro de un idiota tallado en roble y una antigua armadura
Que acorace el cerebro brillante y aturda a los inquisidores
Y hazme un pesar de viudo que, al bajar de las pestañas saturado de lágrimas,
cubra la belladona, para que así estos ojos secos sepan ver
Cómo delatan los demás el engaño gimiente de sus pérdidas
En la curva de la boca desnuda o en la risa tramposa.


                   Versión de Isaías Garde


(Fuente: Altazor, Revista Lit.)