miércoles, 17 de junio de 2026

Claudia Masin (Resistencia, Chaco, 1972)

 

 

 

 

 

El contacto silencioso


 
 

No es el alma. No es una entidad inmaterial, un soplo
que nos llena el cuerpo: es el cuerpo mismo el misterio,
es su compleja miríada de venas,
la sangre que corre a alimentar los órganos,
escondidos como animales prehistóricos en cuevas tan asiladas
que sólo la enfermedad es capaz de entrar en ellas.
El contacto de los otros es lo que sana,
lo que enferma, el sol
alrededor del cual gira el planeta
solitario que somos, capturado en la órbita
de la luz o de la sombra según se acerque
o se retire de nosotros su calor, como si fuéramos
el polvo desprendido de otra existencia, la estela que dejó,
en el nacimiento, la unión indisoluble a la que debimos renuncias
pero siguió insistiendo en cada amor
hacia otro cuerpo. Querías que escribiera palabras que pudieran
hacer lo que hace la música:
andar sobre el silencio sin dañarlo, ser parte
del silencio, de las cosas que no deben ser dichas,
de esas a las que no podemos acercarnos siquiera
sin que escapen. Yo te dije que lo único
que se parece a la música es tocar
y ser tocado, las partículas
que se encuentran y se funden, a veces raspándose,
causándose dolor, desencontrándose, explotando
una dentro de la otra, porque no hay
superficie ni interior: adentro es igual que afuera, adentro cae
el amor o la crueldad que nos damos como en un pozo
del que nada jamás sale. Nos fue dada esa caída
para que en ella chocáramos, un cuerpo contra el otro,
para que no pudiéramos
dejar que no pudiéramos
dejar de causarnos una marca:
nadie está solo una vez que fue marcado, nadie
puede elegir volver a estar intacto.


(Fuente: Life vest under your seat)

 

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