"Poetas de rapiña"
La
mala intención le prestó boca de cuero y ojos que escupían azufre sobre
ciertos objetos hasta entonces inanimados. Un plegamiento de la pradera
hizo brotar vegetales de espejos con los que tropezaba todo lo
despierto cortándose las arterias. Los animales de tiro murieron
degollados por la propia imagen. Los saltamontes grises elevaron una
barrera de espinas mientras las emparvadoras arrojaban los ramilletes
del río por encima del arco roto.
Llegaron como ángeles pintados llevando en grandes soperas el vino de los inocentes.
El
campo sobrante comenzó a escorar. La Eva del pórtico se inclinó,
apoyando el damero de sus manos sobre un terrón de césped gris. Las
flores hicieron explosión produciendo una llamita verde, y,
gradualmente, hileras de arbustos se secaron de pie y se desvanecieron
en una nube de cabelleras, negras y coloreadas, trenzadas o no,
silenciosas o zumbando con todos los enredos del deseo.
Cuando,
después de años de aprendizaje y espuma, la primer tormenta alcanzó la
tierra del sueño, se abrieron cráteres ante sus pasos, cráteres de agua
salada en los que nadaban los crustáceos de la fatiga, de la
resignación, del amor. Y esa agua fértil era la memoria del sol. Los
pájaros de alta mar construyeron allí sus nidos.
Intensa
era su sed. Su voz de algodón se deslizaba por la nieve dejando el
rastro de un hierro sobre el plumaje. Los usureros que los encontraban,
mudos de estupor, tendían la mano para recibir la moneda de oro de un
escupitajo, la punta de acero, o la pesada lágrima de estaño, fruto de
un árbol que se denomina impaciencia. Su risa era la aurora boreal de un
mundo coronado de sueños y resentimientos.
Maurice Blanchard, incluido en Antología de la poesía surrealista de lengua francesa (Fabril Editora, Buenos Aires, 1961, selec. de Aldo Pellegrini).
(Fuente: Asamblea de palabras)

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