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Recuerdo que alguna vez, borracho, vomitaste en las faldas del Rey,
nuestro padre,
como un demonio que paría por la boca
a los ángeles
exterminadores del Apocalipsis.
Recuerdo que aquella vez fue la única
que el Rey,
nuestro puto padre, no te perdonó
por haber nacido necio, por haber nacido tonto,
por haber nacido mucho más hermoso
que él.
Aquella noche de juerga intensa, amado Yorick,
fue tu última función en la corte danesa.
Al día siguiente tu cuerpo pendía hinchado
y sin vida de una almena de la Torre
del Desahucio.
«¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?
¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras
hablan de la muerte y cuántas de ellas nos consuelan con la resurrección?»:
Estás letanías, bufón de la infancia fugaz,
no son mías, recuerda que tú las pronunciabas como un trabalenguas infinito
que nos hacía dudar a todos de tu aspecto de duende idiota.
«Los enanos tenemos la verga más grande que el dueño del circo», decías al vernos así,
boquiabiertos, babeando, pensando
en esa cifra
imposible de la Biblia del inglés enemigo.
A pesar de tu estatura, siempre fuiste, tú,
el gran Yorick, el payaso, el que amó
a su verdugo,
como un perro de caza que aprendió
a dormir en la cama de su amo y atrofió
el olfato.
¿Será que así mismo son los poetas
de todos los reinos perdidos, de todos
los mares lejanos,
menudos pervertidos que enseñan
a las vírgenes
de las asambleas a reírse de sí mismas
y a encontrar entre sus piernas o sus senos la condición degradante de heredar
la muerte a quienes más se llega a amar,
a quienes más se aparta de dolencias,
a los hijos?
Porque los hermanos diminutos de los parlamentarios
los poetas, los ilustres inicuos,
como tú, como yo, mi difunto mellizo,
somos cebo de políticos que dicen
que debemos ordenar este mundo y lustrarlo con palabras que discutan de justicia social y morales
intachables, que se puedan vender
en las calles,
como anuncios de humana integridad:
«Compre cerveza nacional, apoye a la patria; consuma cigarrillo local, respire nación;
lea versos y novelas que reintegren
al sirviente y al esclavo a los Estados
de confort;
oiga, poeta; oiga, pintor; óigame, señor artista de nuestro ilustre país, se lo advierto:
Si no talla el rostro del poder o la miseria que produce no le erigiré ningún monumento»>.
Sigamos riendo, lúdico animal de pene enorme, de risa estentórea y temeraria,
que nos condenen los que escriben
para el vulgo,
para el analfabeta que nunca lo leerá;
que nos repudien también quienes escriben para el burgués, a quien la poesía le apesta.
Sigamos escribiendo, Calavera, para los demás esqueletos de este bello cementerio.
¿Sabes cuántas veces aparece la palabra Amén en la Biblia del Rey Jorge?
¿Sabes cuántas de sus setecientas ochenta y tres mil ciento treinta y siete palabras hablan de la muerte y cuántas de ellas
nos consuelan con la resurrección?
A mí, ya no me importa cuántas veces gimió el evangelista o fornicaron los predicadores.
Mucho menos me importará, de aquí en adelante, cuántos alguaciles de la verdadera,
de la absoluta necesidad, me increparán
por evadir con mis palabras sus preguntas.
Gracias, cuerpo ausente, huesos pelados,
carne reseca, postreros nutrientes del gusano,
por la libertad de no tener esperanza, y por ello no deber al misterio el sentido de mi vida.
Sigue así, tan muerto como ahora, hermano Yorick,
mañana vendrán otros príncipes locos
a vengar la memoria de su padre infame,
liquidado por la Matria puta, por la Ley
del Hombre.
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«𝘗𝘰𝘦𝘮𝘢𝘴 𝘦𝘯 𝘶𝘯𝘢 𝘫𝘢𝘶𝘭𝘢 𝘥𝘦 𝘍𝘢𝘳𝘢𝘥𝘢𝘺» (2010)
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
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