yo también desperté en el medio del monte,
igual al violinisto, al amansador,
al aprendiz de yerbero,
a cualquier qarisitu atrevido.
entonces me atrajo el musiqueo que bordoneaba
lejano y enjambroso entre la maraña de
nudosos troncos, espinos y salitres,
entonces me llamó el hipnótico aquelarre,
ese catártico abismo sonoro
que sacudía mis huesos y batía mis entrañas,
aquella cólera ajena que me arreaba como látigo,
como febril espectro de antiguos tigres transfixos,
pendones bárbaros que tremolaban al viento.
¡salamandra de fuego,
salamanquesa de tierra ardiente,
supaypa sacha salamancan!
en la espesura al fin hallé de la facultad la boca oculta:
¡et in salamanca ego!
le escupí entonces en la cara a la virgen,
y por poco maldigo al señor.
me presenté estudiante ante la bruja magnífica,
temeroso, desnudo, sacrílego,
más que corajudo.
aguanté y aguanté prueba sobre prueba,
sabihondas arañas catedráticas,
alimañas de todo viso y pelaje
que se me encimaban y me recorrían,
ampalaguas filósofas y cuchilleras,
pringosas lenguas de sapos sabedores,
la mirada letal del basilisco,
candelas enceguecedoras,
bombos sobre bombos que retumbaban y retumbaban,
de día y de noche.
estudié juicioso
códices, fórmulas, manuscritos y misterios,
abismos, crueldades y depravaciones,
todas las martingalas del supay.
durísima escuela fue,
pero fue así que fui aprendiendo
a transigir lo insufrible,
a sobrellevar el asco,
a tejer mil paciencias,
y, colmo de la sabiduría,
a tolerar la ignorancia, aun la mía.
¡salamandra de fuego,
salamanquesa de tierra ardiente,
supaypa sacha salamancan!
alta escuela fue salamanca:
me gradué larva metamorfa, pupilo perplejo,
casi ciego, como a medio hornear.
y tuvieron que pasar añares
hasta que la coraza que me trajera del monte
al fin de veras me cupo.
ahora avanzo fiero y doctor por los desamparos.
ya nada me turba,
ni siquiera los asechos del demonio me atañen,
(pero no pasa día que no suplique el perdón de la virgen).
soy viejo caballero errante,
pecador, adolorido, todavía encandilado,
pero libre de apegos y exigencias.
tengo mis conjuros prestos,
mis aparejos bien engrasados,
en el carcaj mis sagitas filosas,
para escupirlas como la víbora su tósigo
contra el gazmoñerío amañado,
los vacíos ojos pintarrajeados,
las moribundas bobadas
de este mundo hincho de vanidades,
tan odioso,
tan odioso.
(siempre cerca de mí trota tozudo mi sancho querido,
perro enjuto, amarillo:
la muerte, comadre bendita,
que me acompaña desde el día de la mirada del basilisco,
salamancamanta).
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