miércoles, 13 de septiembre de 2023

Héctor Giuliano (Piamonte, Italia, 1947)

 

 

Cuando chico escondía bajo el colchón de lana sucia una revistucha porno con fotos a blanco y negro; cuando chico blandía armas de cartucho hasta que le pegué un tiro a mi primo Neno y no me llevaron preso, años más tarde sí, por otras causas; cuando chico me hacía la paja orinando contra la nevada y los vientos del oeste que traían piernas, tetas y chochos pedidores; cuando chico tenía una yegua de carretela con hartas mataduras que permutó mi hermano por un canasto de nueces y almendras; cuando chico teníamos varios gatos sin nombre, el que no era tuerto era desorejado y no faltaba al que le sobraba una pierna; cuando chico leí una biografía de Alejandro Dumas pero me llevó el cráneo "Las memorias de una princesa rusa"; cuando chico se murieron los conejos de a carradas en razón de un incomprensible decreto celestial; cuando chico viví dieciocho meses en el conventillo de la calle 9 de Julio; cuando chico dormía en medio del tío Ambrosio y de la tía Justina que se desligaba el corpiño para descansar, y se me paraba, y yo a los disimulos, tenía mucho miedo que estallase la trompa del pito tan venuda y amoratada; cuando chico salíamos a regar los frutales y chacras en plena madrugada e igual nos robaban el agua del canal; cuando chico los tunducos tendían cuevas bajo tierra y me rompí un tobillo; cuando chico me asusté mientras miraba embelecado al Yusún y a su hermana refocilándose en la horqueta del higuerón y me saltó el primer chorro de leche y no sabía que hacer; cuando chico había yerbiado a las cuatro de la tarde y soñaba la cena trunca boca abajo en la pieza de adobes ahumada por el fogón y las grasas; cuando chico el Mondaca ahorcó con un lazo de alambre que se ajustaba de poco a su perro hirsuto y todavía me duran los estertores, los ojos afuera, las babas y sibilancias que la muerte demora; cuando chico me quisieron agarrar el turco Talah y el Mario Gutiérrez para hacerme cochinadas y pude zafar pero nunca se lo conté a nadie; cuando chico me calentaba al brasero y bebía agua de la cuneta; cuando chico desconocía el inodoro, la ducha y el detergente; cuando chico las escarchas duraban semanas y las tormentas de febrero que venían del Nihuil aniquilaban las cosechas bajo la furibundia del granizo; cuando chico calzaba bombacha bataraza, alpargatas, camperas y bufandas que tejía mi vieja; cuando chico conocía mil clases de insectos que fueron desapareciendo con los años; cuando chico las noches eran otra cosa y no pasaban en el cielo del ocaso el Sputnik ni la perra Laika y las estrellas parecían aferrarse a los sauces y paraísos y de la antena de la radio que funcionaba con acumulador; cuando chico los lechuzos anidaban en los alfalfares y me tiraban las orejas de bronca a la cuida de sus crías; cuando chico buscaba huevos azules de perdiz y no los hallaba; cuando chico los pollitos deambulaban por el patio y yo no quería que ganaran cuerpo porque irían al horno y me largaba a llorar; cuando chico no me llevaban al médico ni al dentista, pero sí a doña Tita la curandera, ni empleaba cepillos dentales e ignoraba las bondades del calcio para los huesos; cuando chico concurrí al Dr. Montilla por el asunto escolar y procedieron a los análisis, tenía mucha vergüenza que reflejaran en el informe que yo era pajero; cuando chico envolví a un patito con un bollo de papel y lo encendí; cuando chico esquivaba víboras que rondaban la casa y ahora no sé; cuando chico vi como Villegas le cruzó la papada de un puntazo al ladrillero Videla y los coágulos rotaban al negro; cuando chico José María Dulce Gómez y el santero don Pedro, asaban comadrejas curadas bajo la sombra de un aguaribay, se zampaban el vino del rencor y se derrumbaban como locos de todo; cuando chico quería y por ahí no, a mi tío José que era tesorero municipal, renovaba dos por tres el auto, tenía dos casas, una chata, un mercadazo que abundaba, chequera y pasaporte; cuando chico la gente cantaba y se reía de cualquier macaneo y cada tanto se trenzaba de los pelos y volaban platos; cuando chico las mercaderías no se envasaban de a gramos y gramitos; cuando chico me comí cuatro huevos fritos, me mandé un vaso de anisado y cuatro naranjas y me auxilió el médico del Regimiento Cuadro Nacional que lindaba con la finca; cuando chico sólo era yo y mi yo; cuando chico escuchaba que las familias eran felices pero mi hermano le pegaba cachetazos a mi vieja y le retorcía los brazos; cuando chico hacía mucho frío en San Rafael y las colchas no alcanzaban; cuando chico invierno y verano eran lo mismo, explotados y explotadores también; cuando chico ningún niño se apiadaba de mí o de nadie, yo tampoco; cuando niño trabajé en la poda y los surcos, como aprendiz de albañil, en una fabrica de lavandina trucha y una marmolería y era de ver como los clientes pagaban mucha plata por lápidas que nada decían; cuando chico no me llenaban la cabeza; cuando chico no pensaba ni nada atajaba mi fuga y el capricho del monte abierto ni las calles que nunca parecían terminar; cuando chico no existía otro mundo que no fuera el mío, tras las alamedas, las viñas y algarrobales; cuando chico iba al cine de vez en vez, choreaba historietas y los harapos colgaban al sereno, jamás tan compuestos y elegantes como los de Cary Grant.
 
 

- Inédito
De "Segunda Hipóstasis: lo Inteligible."

 

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