lunes, 7 de junio de 2021

Tomas Tranströmer (Suecia, 1931-2015)

 

 

Bálticos V

 

30 de julio. La ensenada ha devenido excéntrica –por primera vez en años hoy las medusas bullen en el mar, avanzan hinchándose lenta y considerablemente, pertenecen a la misma compañía naviera: AURELIA, andan sin rumbo como flores después de un entierro en el mar, si se las saca del agua pierden completamente su forma, como cuando se arranca del silencio una verdad indescriptible y se formula convirtiéndola en gelatina muerta, sí, son intraducibles, tienen que permanecer en su elemento.

2 de agosto. Algo quiere ser dicho pero las palabras se niegan.
Algo que no puede decirse,
afasia,
no hay palabras, pero tal vez sí un estilo…
 
A veces uno se despierta por la noche
y garabatea rápido unas palabras
en el papel que más a mano tiene, en el margen de un periódico
(¡las palabras irradian significado!)
pero por la mañana: esas mismas palabras ya no dicen nada, garabatos, lapsus                     linguae.
¿O fragmentos del gran estilo nocturno que pasó de largo?
 
La música le llega a un hombre, es compositor, se interpretan sus obras, hace carrera,        llega a ser director del conservatorio.
Cambia la situación, las autoridades lo condenan.
Nombran como fiscal a su alumno K***.
Es amenazado, degradado, relegado.
Pasan algunos años y su desgracia va cediendo, es rehabilitado.
Llega entonces el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho con afasia, solo              entiende frases cortas, dice palabras equivocadas.
Por consiguiente no le afectan ni honores ni condenas.
Pero la música sigue en él, continúa componiendo en su propio estilo,
se convierte en una sensación médica el tiempo que le queda por vivir.
 
Puso música a textos que ya no entendía–
de la misma manera
expresamos algo con nuestras vidas
en el coro que tararea los lapsus linguae.
Las conferencias sobre la muerte duraron varios trimestres. Yo asistía junto con              compañeros que no conocía
(¿quiénes sois?)
–después cada uno se iba a lo suyo, perfiles.
 
Miré hacia el cielo y hacia la tierra y de frente
y desde entonces estoy escribiendo una larga carta a los muertos
en una máquina de escribir que no tiene cinta sino una estría en el horizonte,
así que las palabras repiquetean en vano y no queda nada grabado.
 
Estoy con la mano en el picaporte de la puerta, le tomo el pulso a la casa.
Las paredes están tan llenas de vida
(los niños no se atreven a dormir solos en el cuartito de arriba –lo que a mí me da              tranquilidad a ellos los intranquiliza).
 
3 de agosto. Allí fuera en la hierba húmeda
se arrastra un saludo de la Edad Media: el caracol de Borgoña,
un caracol que resplandece sutilmente, en su gris amarillento, con su casa a cuestas,
trasplantado por monjes que gustaban de escargots– sí, aquí hubo franciscanos,
abrieron canteras y quemaron piedra caliza, la isla fue suya en 1288, donación del rey              Magnus
(«Esas limosnas y otras parecidas / lo esperarán en el reino de los cielos»),
cayeron los bosques, ardían los hornos, la cal navegaba rumbo a los conventos en              construcción…
El hermano caracol
está casi inmóvil en la hierba, sus tentáculos se retraen
y se desarrollan, perturbaciones y dudas…
¡Cómo se parece a mí en mi búsqueda!
 
El viento que ha soplado con tanta meticulosidad todo el día
–en los arrecifes más lejanos están contadas todas las briznas de hierba–
ha amainado en el interior de la isla. La llama de la cerilla se yergue vertical.
La pintura marina y la pintura del bosque oscurecen juntas.
También el follaje de los árboles de cinco pisos se vuelve negro.
«Cada verano es el último». Palabras vacías, sin sentido
para los seres que viven en la media noche de finales de verano
cuando los grillos cosen a máquina como desesperados
y el Báltico está cerca
y el solitario grifo de agua se levanta entre el rosal silvestre
como una estatua ecuestre. El agua sabe a hierro.

 

Trad. F. J. Uriz


 (Fuente: Ada lírica)

 

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