sábado, 24 de octubre de 2026

Pablo Ananía (Rosario, 1942)

 

 

 

 

 

𝐀𝐧𝐚𝐧𝐢́𝐚𝐬
 
 
 
Todo se siente hoy tan cercano. Tu voz,
hija de predicadores y poetas, mujer
fuerte que resistió guerras y hambrunas,
mujer de rostro pálido que hora tras hora
daba lecciones de piano con la mirada
perdida en las estepas de su patria
y errantes, nacían de tu pecho ritmos arcaicos,
el vaivén de las aguas del Báltico y las tierras
estériles, campos arrasados de trigo,
las tragedias del clima y de la piedra:
todo lo que fluye a través de la sangre
materna desde distancias insondables,
oleadas de experiencias fatales en tu heredero,
mestizo sin linaje. 
 
No existen judíos en el mundo que lleven
mi apellido, quizás bíblico, italiano. ¿Quién
sino un Ananías, tras la conversión de Pablo,
vio una imagen de Dios en el camino
a Damasco? ¿Quién sino un Ananías
fue falso profeta que hizo trizas
el yugo de madera que lo sometía a Dios?
¿Quién sino un babilónico y joven Hananías
fue arrojado a un horno ardiente y resucitó? 
 
¿Qué fue de ellos con el tiempo? ¿Se volvieron
más humanos? ¿Permanecieron encadenados
uno al otro y así siguieron, el ancestro dando
alma al descendiente? ¿Crearemos? ¿Vive
Ella aún en la casa del poeta? ¿Se oye
su piano, lo que hasta el final fuera sonoro
pese a sus dos pedales sordos?
 

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