TRES ROSAS BLANCAS Y UNA ORACIÓN
A Julia Wong
La sal que alberga el latido
que me escuece,
que tiembla bajo el cielo,
en la mañana, aconteciendo
a tu lado, y siempre lejos.
La voz herida
Sangra
en
mi
p
a
n
t
a
ll
a,
exprime tus palabras,
y las cuenta, ilusionada;
las observa latir en el dedo,
en el temblor de tus ojos
esperanzados.
¿Qué
ilusiones nos quedan?,
cuando el mundo cambiante
ya no gira para nosotros,
cuando caen nuestros pelos
para esparcirse sobre las
sábanas
de la cama recién enfriada.
Cuando el cuerpo se marchita
y la carne languidece en la ventana,
observando algún tiempo fenecido,
la cruel pulsación de su recuerdo,
esa imagen de algún ser
tan parecido a quien fuiste,
a quien viste escapar
de los espejos de tu alma,
languideces entre los tubos;
ya solo quedan las ramas, sin rastro
de pétalos, pues
te llevaste las espinas,
dejándome las rosas,
tres blancas, una carta,
una oración, y esta enorme congoja
que siento al vibrar de los mensajes,
porque sé que no serán tuyos,
porque sé que ya no volverás.
Ahora ojeo los inciensos arder,
mientras recuerdo los ardores de la hibridez,
siempre en
tus páginas,
haciendo eco el desgarro de la punta
sobre el papel cansado y ojeroso.
¿A qué patria volverá tu recuerdo?
¿En cuántas ciudades dejaste un lamento?
Berlín, Macao, Hong Kong, Almada
y tantos otros, lejanos y cercanos,
tan imposibles como Lima,
nuestra Lima que llama, llameante,
tu escarapela, tu blanquita, tu Lima andina,
ya nos llama.
(Fuente: Oscar Vicente Conde)
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