A brillar, república maldita
Mientras Estados Unidos se asienta en el molde de su propia vulgaridad, y cuaja el imperio y se espesa
y protesta, una burbuja apenas en medio de esa masa derretida, se revienta y suspira y la masa se endurece,
y yo que con una sonrisa triste recuerdo que las flores se marchitan para dar paso al fruto, y que el fruto se pudre y se hace tierra.
Salido de la tierra; tras experimentar los regocijos de la primavera, la madurez y decadencia;
para volverse casa de la madre.
Que te apures en tu decadencia: no es digno de reproches; la vida es buena, sea obstinadamente larga o un repentino
y mortal esplendor: los meteoros no son menos necesarios que las montañas: a brillar, república maldita.
Pero a mis hijos les diría aléjense del centro más espeso; la corrupción
jamás ha sido obligatoria, si las ciudades yacen a los pies de la bestia, nos quedan las montañas.
Y muchachos, en nada sean tan moderados como en amar al ser humano, un astuto sirviente, un amo insoportable.
Ésa es la trampa en la que se empantanan los espíritus más nobles, la que –dicen– atrapó a Dios cuando aún caminaba sobre la tierra.Traducción de Ezequiel Zaidenwerg Dib
(Los poemas de esta semana fueron seleccionados por Patricio Pron)
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