
Tres confesiones
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Es grato oírse llamar por su nombre
y ser amigo de otros hombres y otras mujeres
cuando retornan a la ternura
desde las islas en donde fueron confinados,
cada uno con su pesar, cada uno con su dicha,
cada uno ocupado con su tempestad,
altivo cada uno y sin embargo ardiente.
Es grato, por ejemplo, escuchar ésa voz o ésta
fluir sobre la mesa como un arroyo incesante
al pie de un vado donde la caravana se detiene.
Su caudal golpea nuestro pecho, resonante,
y lo colma de espumas, ondas y reflejos,
inmateriales dones de la vida que en secreto
alimenta su curso y se consume.
Devolver esa ofrenda, tender la mano
o el corazón
—la íntima paloma que levanta el vuelo
sobre las moradas de los hombres—,
nos hace más dulces, nos invita
a llevar al amigo consigo y darlo
siempre a los demás
en la menor palabra de esperanza o de perdón.
Esto es lo que celebro de la amistad,
lo que brilla en mi persona si alguien me llama
por mi nombre.
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De: «𝘓𝘰𝘴 𝘰𝘫𝘰𝘴 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳ó𝘥𝘪𝘨𝘰» (1953)
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía)
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