Cien poemas
EPOCAS DE JURAMENTOS
Encontrar un tulipán
en medio de primaveras silvestres de túmulos /silvestres,
o un huevo de cuco en un nido de mirlos,
o un hongo gigante, una cesta entera-
¡Las memorables proezas de la niñez!
Hace tiempo, junto a los terraplenes, excavando en la tierra,
Mi vara sacó a luz una cuenta de ámbar romano…
Lo extraviado, lo extravagante, lo indescifrado
me atraía: para cuadros simples no tenía el ojo.
¿Juré obediencia entonces
a lo inusitado y no (como pensaba) a la verdad?-
¿Me convertí en virtuoso, y esto también,
más tarde, de cuadros simples, al cansarme
de unicornios y ponzoñas?
¿Olvidé cómo saludar con sencilleza
ese cuadro especial, cómo conocer profundamente
el placer compartido por corazones rectos?
¿Y tiene esto que empezar de nuevo, con juramentos
sobre el libro verdadero, en el nombre verdadero,
tartamudeando ahora mi alabanza de ti,
como un muchacho que confiesa su primer amor?
LA DIOSA BLANCA
Todos los santos la denigran, y todos los hombres cuerdos
gobernados por la regla de oro del Dios Apolo,
en menosprecio de la cual nos hicimos a la vela para encontrarla
en regiones distantes donde más probablemente se halle,
a quien por encima de todas las cosas deseábamos conocer:
hermana del espejismo y del eco.
Fue una virtud no quedarse,
seguir nuestro obstinado y heroico camino
entre hielo apretado o allí donde la pista se había borrado
más allá de la caverna de los siete durmientes:
cuya ancha y alta frente era tan blanca como la de cualquier leproso,
cuyos ojos eran azules, con labios como bayas de fresno,
y el cabello de miel ondulante cubriendo sus caderas blancas.
Una verde savia primaveral agitándose en el bosque joven
se prepara a celebrar a la Madre Montaña,
cada pájaro cantor trinará un rato para ella;
pero a nosotros se nos ha dado, aún en noviembre,
la estación más cruel, tal agudo sentido
de su magnificencia desnuda
que olvidamos la crueldad y la tradición pasadas,
sin importarnos dónde puede caer el próximo rayo.
EL ROSTRO EN EL ESPEJO
Ojos grises absortos, clavando distraídos la mirada
desde anchas órbitas dispares; una ceja colgando
un poco sobre el ojo
por una esquirla alojada aún
bajo la piel, como un recuerdo de guerra.
Nariz torcida y rota –un recuerdo del rugby-
mejillas surcadas, pelo áspero y gris flotando frenético,
frente arrugada y alta,
prominente quijada, orejas grandes, maxilar de púgil,
pocos dientes, labios llenos y rojos, boca ascética.
Me detengo con la navaja en alto, rechazando con burla
al hombre reflejado cuya barba exige mi atención,
y una vez más le pregunto por qué
aún está dispuesto, con la soberbia de un joven,
a cortejar a la reina en su alto pabellón de seda.
LA TIERRA SECRETA
Toda mujer de verdadera alcurnia posee
una tierra secreta más real para ella
que este pálido mundo exterior;
A media noche cuando la casa está silencios
deja a un lado aguja o libro
y la visita invisible.
Cerrando sus ojos, improvisa
un portón de cinco barras entre altos abedules,
salta por encima y toma posesión.
Luego corre, o vuela, o monta un caballo
(un caballo llegará al trote a saludarla)
y viajará donde ella quiera;
puede hacer crecer la hierba, incitar a los lirios
a mudarse de botón a flor mientras ella mira,
dejar que los peces coman de su mano.
Ha fundado ciudades, plantado arboledas
y bendecido valles por arroyos que corren
frescos a una bahía cerrada.
Nunca me atreví a interrogar a mi amada
acerca del gobierno de su reino
o su geografía,
tampoco la seguí entre esos álamos,
a horcajadas sobre el portón,
espiando en la niebla.
Sin embargo me ha prometido, cuando yo muera,
un albergue bajo su palacio personal
en un claro del bosque
donde crezcan las gencianas y los alhelíes
y podamos a veces encontrarnos.
PÁJARO DEL PARAÍSO
Al atardecer, sólo a su verdadero amor
el pájaro del paraíso abrió anchas sus alas
desplegando un plumaje esmeralda punteado de oro
que ni siquiera él mismo sospechaba.
En verdad, esa ancha cresta
había ornamentado jerarquía real, y las flores /tropicales
a través de las cuales voló dieron ejemplos
de los intrépidos colores que la galantería puede /ostentar,
pero éstos eran otros. Ella se preguntó temblando:
¡¡Qué hice para despertar semejante esplendor?”
LA DIOSA NEGRA
Silencio, las palabras se destiñen en simplezas,
se prolonga el silencio con pensamiento tan secreto
que acallamos a los cencerros y a la estridente /cigarra.
Y tus ojos negros de ágata, bien abiertos, reflejan
al libertado pájaro de fuego aleteando su camino
por una girante avenida de azules y amarillos.
¿No debiera llorar? Profusas las bayas del amor,
los moteados peces, las avellanas y la hiedra blanca
que tú, sonriendo a medias, confieres
a tu deliciosa y ancha tierra prometida
para mí, que nunca antes me atavié con festivas /plumas.
AMOR TOTAL
Toda elección es siempre equivocada,
todo voto emitido siempre desechado-
¿Cómo puede la verdad revolotear entre alternativas?
Ámame entonces más que tiernamente, ámame con amor /total,
Ámame sin que pese la circunstancia,
como he jurado por mi honor amarte a ti:
sin debilidad, sin especular
con lo que podría pasar si tú y yo resultamos ser /menos
que creadores de nuestra propia certeza.
Ninguno nació de nuestra propia certeza.
Ninguno nació por azar: cada uno presintió
la extrema posesión en que hemos crecido.
ELLA A ÉL
Tenerlo, amado, es saber que lo tienes
más que pensar que lo tienes;
pensar que lo tienes es desear tomarlo,
aunque después no lo tendrías-
y por eso miedo a tomarlo.
Pero si sabes que lo tienes, puedes tomarlo
y saber que aún lo tienes.
LO AÚN INDECIBLE
Fue siempre más cruel, más brillante, más suave de /lo que pudo ser dicho
aún en palabras animadas por el oscuro ojo de la /verdad:
su ausencia, remolino; su presencia, diluvio;
su tiempo, asombro; su magnitud,
una punta asesina de daga.
Así nosotros abandonamos
nuestras voces a las secas hojas fugitivas
y elegimos nuestra propia senda predeterminada hace /mucho
desde lo no dicho a lo aún indecible
en silencio de amor e intrepidez de amor.
Traducción de Gabriel Alegrí y Darwin J. Flakoll
(Fuente: La Mecánica Celest)
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