domingo, 21 de diciembre de 2025

Robert Graves (Wimbledon, Reino Unido, 1895 - España, 1985)

 

 

Robert Graves, el escritor que recibió a Fraga en alpargatas ... 

 

Cien poemas

Encontrar un tulipán

en medio de primaveras silvestres de túmulos /silvestres,

o un huevo de cuco en un nido de mirlos,

o un hongo gigante, una cesta entera-

¡Las memorables proezas de la niñez!

Hace tiempo, junto a los terraplenes, excavando en la tierra,

Mi vara sacó a luz una cuenta de ámbar romano…

Lo extraviado, lo extravagante, lo indescifrado

me atraía: para cuadros simples no tenía el ojo.

¿Juré obediencia entonces

a lo inusitado y no (como pensaba) a la verdad?-

¿Me convertí en virtuoso, y esto también,

más tarde, de cuadros simples, al cansarme

de unicornios y ponzoñas?

¿Olvidé cómo saludar con sencilleza

ese cuadro especial, cómo conocer profundamente

el placer compartido por corazones rectos?

¿Y tiene esto que empezar de nuevo, con juramentos

sobre el libro verdadero, en el nombre verdadero,

tartamudeando ahora mi alabanza de ti,

como un muchacho que confiesa su primer amor?

 

 

LA DIOSA BLANCA

 

Todos los santos la denigran, y todos los hombres cuerdos

gobernados por la regla de oro del Dios Apolo,

en menosprecio de la cual nos hicimos a la vela para encontrarla

en regiones distantes donde más probablemente se halle,

a quien por encima de todas las cosas deseábamos conocer:

hermana del espejismo y del eco.

Fue una virtud no quedarse,

seguir nuestro obstinado y heroico camino

entre hielo apretado o allí donde la pista se había borrado

más allá de la caverna de los siete durmientes:

cuya ancha y alta frente era tan blanca como la de cualquier leproso,

cuyos ojos eran azules, con labios como bayas de fresno,

y el cabello de miel ondulante cubriendo sus caderas blancas.

Una verde savia primaveral agitándose en el bosque joven

se prepara a celebrar a la Madre Montaña,

cada pájaro cantor trinará un rato para ella;

pero a nosotros se nos ha dado, aún en noviembre,

la estación más cruel, tal agudo sentido

de su magnificencia desnuda

que olvidamos la crueldad y la tradición pasadas,

sin importarnos dónde puede caer el próximo rayo.

 

 

EL ROSTRO EN EL ESPEJO

 

Ojos grises absortos, clavando distraídos la mirada

desde anchas órbitas dispares; una ceja colgando

un poco sobre el ojo

por una esquirla alojada aún

bajo la piel, como un recuerdo de guerra.

Nariz torcida y rota –un recuerdo del rugby-

mejillas surcadas, pelo áspero y gris flotando frenético,

frente arrugada y alta,

prominente quijada, orejas grandes, maxilar de púgil,

pocos dientes, labios llenos y rojos, boca ascética.

Me detengo con la navaja en alto, rechazando con burla

al hombre reflejado cuya barba exige mi atención,

y una vez más le pregunto por qué

aún está dispuesto, con la soberbia de un joven,

a cortejar a la reina en su alto pabellón de seda.

 

 

LA TIERRA SECRETA

 

Toda mujer de verdadera alcurnia posee

una tierra secreta más real para ella

que este pálido mundo exterior;

A media noche cuando la casa está silencios

deja a un lado aguja o libro

y la visita invisible.

Cerrando sus ojos, improvisa

un portón de cinco barras entre altos abedules,

salta por encima y toma posesión.

Luego corre, o vuela, o monta un caballo

(un caballo llegará al trote a saludarla)

y viajará donde ella quiera;

puede hacer crecer la hierba, incitar a los lirios

a mudarse de botón a flor mientras ella mira,

dejar que los peces coman de su mano.

Ha fundado ciudades, plantado arboledas

y bendecido valles por arroyos que corren

frescos a una bahía cerrada.

Nunca me atreví a interrogar a mi amada

acerca del gobierno de su reino

o su geografía,

tampoco la seguí entre esos álamos,

a horcajadas sobre el portón,

espiando en la niebla.

Sin embargo me ha prometido, cuando yo muera,

un albergue bajo su palacio personal

en un claro del bosque

donde crezcan las gencianas y los alhelíes

y podamos a veces encontrarnos.

 

 

PÁJARO DEL PARAÍSO

 

Al atardecer, sólo a su verdadero amor

el pájaro del paraíso abrió anchas sus alas

desplegando un plumaje esmeralda punteado de oro

que ni siquiera él mismo sospechaba.

En verdad, esa ancha cresta

había ornamentado jerarquía real, y las flores /tropicales

a través de las cuales voló dieron ejemplos

de los intrépidos colores que la galantería puede /ostentar,

pero éstos eran otros. Ella se preguntó temblando:

¡¡Qué hice para despertar semejante esplendor?”

 

 

LA DIOSA NEGRA

 

Silencio, las palabras se destiñen en simplezas,

se prolonga el silencio con pensamiento tan secreto

que acallamos a los cencerros y a la estridente /cigarra.

Y tus ojos negros de ágata, bien abiertos, reflejan

al libertado pájaro de fuego aleteando su camino

por una girante avenida de azules y amarillos.

¿No debiera llorar? Profusas las bayas del amor,

los moteados peces, las avellanas y la hiedra blanca

que tú, sonriendo a medias, confieres

a tu deliciosa y ancha tierra prometida

para mí, que nunca antes me atavié con festivas /plumas.

 

 

AMOR TOTAL

 

Toda elección es siempre equivocada,

todo voto emitido siempre desechado-

¿Cómo puede la verdad revolotear entre alternativas?

Ámame entonces más que tiernamente, ámame con amor /total,

Ámame sin que pese la circunstancia,

como he jurado por mi honor amarte a ti:

sin debilidad, sin especular

con lo que podría pasar si tú y yo resultamos ser /menos

que creadores de nuestra propia certeza.

Ninguno nació de nuestra propia certeza.

Ninguno nació por azar: cada uno presintió

la extrema posesión en que hemos crecido.

 

 

ELLA A ÉL

 

Tenerlo, amado, es saber que lo tienes

más que pensar que lo tienes;

pensar que lo tienes es desear tomarlo,

aunque después no lo tendrías-

y por eso miedo a tomarlo.

Pero si sabes que lo tienes, puedes tomarlo

y saber que aún lo tienes.

 

 

LO AÚN INDECIBLE

 

Fue siempre más cruel, más brillante, más suave de /lo que pudo ser dicho

aún en palabras animadas por el oscuro ojo de la /verdad:

su ausencia, remolino; su presencia, diluvio;

su tiempo, asombro; su magnitud,

una punta asesina de daga.

Así nosotros abandonamos

nuestras voces a las secas hojas fugitivas

y elegimos nuestra propia senda predeterminada hace /mucho

desde lo no dicho a lo aún indecible

en silencio de amor e intrepidez de amor.

 

Traducción de Gabriel Alegrí y Darwin J. Flakoll 

 


 

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