miércoles, 9 de junio de 2021

Francisco Garamona (Buenos Aires, 1976)

 

 

La vieja lengua

 

Suena la vieja lengua,

la lengua de esos muchachos y muchachas

ahora que ya no puedo oírla más.

Suena la vieja lengua,

aquella de los chistes tontos y las frases,

la misma que contenía los rudimentos

de nuestro intenso aprendizaje.

Era el tiempo de las lilas,

de las violetas muriendo en nuestras manos...

Cuando todavía nos sentíamos juntos,

capaces de enfrentar cualquier destino.

Las lentas campanadas repartían la tarde,

y el atardecer prometía las premuras de la noche.

¿Qué pasó que ahora ya no puedo oírla más?

Era dulce y áspera. Era muy dulce, ¿pero qué decía?

 

 

 

Mi parte misteriosa

 

Mi padre volvía a casa por la noche.

Yo le decía: ¿Papá, sos vos?

Él estaba cansado, había viajado mucho.

Tenía la cabeza blanca como la de un fantasma.

Su cuerpo flotaba a unos centímetros del suelo,

y sus pies no se oían porque no caminaba,

pero sí se sentía cómo su ropa iba rozando los muebles.

Buscaba en el fondo de la casa unos cuadernos

con su letra manuscrita.

Unos cuadernos que yo había cubierto con dibujos.

Revolvía cajas llenas de cosas viejas.

Yo le gritaba: Papá, por favor, dejanos dormir.

En la cama unos junto a otros estábamos sus hijos.

Éramos tres o cuatro esqueletos blancos y brillantes, de niños.

Afuera hacía frío y el viento aullaba

una canción muy triste.

 

 

 

Recíproco

 

Una vez tuve una lapicera de la suerte, 

la agarraba y ella se movía 

en mi mano trazando

cantidad de frases sobre el papel.

La había encontrado tirada

en el cordón de una vereda

cuando volvía a mi casa. 

Estaba ahí como esperándome. 

La levanté del suelo 

y la sostuve con mis manos. 

Recién veía en una película 

a un hombre que encontraba

una lapicera en la nieve

y me acordé de la mía.

Cuando después de un tiempo la perdí

pensé que no iba

a poder escribir más. 

Yo tenía 17 años.

 

 

(Fuente: Eterna Cadencia)

 

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