Transeptos de sangre
en algún lugar oculto
de esa fachada babilónica.
Florido
el caballo,
espuela de oro,
carnal cortés.
Cuerpo de santo
que se abandona
al cuchillo del matarife,
jugador de pórfidos.
Basta un dólar
para que se pueble
de estatuas
y florituras de andamiaje
el monte negro
que llama sedas.
Nueva vida
en vida vieja;
un palomo y un burro,
embaucadores ambos.
- Inédito -
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