ECLIPSE
hoy de madrugada
los pájaros ascendían volando
y se precipitaban de lo alto como en parábolas
rilkeanas.
al medio día: asombrosa umbría.
la luna vagamunda y el sol altanero
proyectaban desvergonzados su cópula
por entre la fronda de tilos y lapachos.
ella era yegua montada a horcajadas,
que clavaba estrellas fulgurantes en
los ijares de su brioso semental,
bailaba silencioso malambo de luces y sombras azuladas
sobre la entenebrecida tarima de los adoquines.
era como si se entregara entonces el sol.
y mientras moría,
las cucarachas detenían el desespero de sus correrías
en su laberinto de rendijas,
los perros gañían lamentosos a los pies de sus amos,
la vieja tierra suspiraba recordando las últimas horas del cretácico,
cansado rascábame yo mi espalda de viejo
contra la áspera corteza de un plátano,
y un escaso gorrión extendía confundido sus alas sobre el asfalto,
como sobre piedra sacrificial.
los gatos, fieles a su profético linaje haragán,
entre maúllos casi secretos seguían
en siesta gerundia,
sabiéndolo todo,
eligiendo no querer saber.
y entonces, ¡ohhhh!:
la sólita inmodestia de la heliofanía volvía a crecer lenta,
y, como en la mañana de pascua,
el señor resucitado se estremecía,
apartaba los harapos,
removía recio y radioso la tapa circular del sepulcro
volvía a crecer y a crecer:
y creció en recuperada
vanidad y victoria.
la monta había terminado
y el potro tumbado a su fiera amansadora:
regadas sobre la acera
de pasco y constitución
palpitaban poco más que inconsútiles
vísceras de luz dolida
y se esparcía de la luna su indigesto rencor.
(Buenos Aires, 14 de diciembre del 2020)
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