Una historia
Todo mundo ama las historias. Empecemos con una casa.
Podemos llenarla con cómodas habitaciones y llenar las habitaciones
con objetos: mesas, sillas, armarios, cajones
cerrados que esconden camas minúsculas
donde los niños durmieron alguna vez
o grandes cajones que bostezan para revelar
prendas dobladas con precisión y lavadas a morir,
impolutas, manidas, esperando a ser gastadas.
Debe haber una cocina, y la cocina
debe tener una estufa, quizás una grande y metálica
con un tubo grueso que desaparezca en el techo
y alcance el cielo y exhale sus olores y conjuras.
Éste era el centro de la vida familiar que fue
alguna vez aquí; éste y el lavabo ―amarillento
alrededor del desagüe― donde el agua, pura o no,
huía sin explicación, más o menos como el punto
de la historia que prometimos y aún estamos por cumplir.
Algo es seguro: una familia estuvo aquí. Puedes ver
la senda desgastada en el linóleo donde la madera,
grisácea, desde luego pino, se revela.
El padre se paraba allí en la mitad de su vida
para llamar a los cielos que imaginó lo escuchaban
más allá del techo. Cuando nadie le contestó
puedes ver dónde su zapato golpeó una
y otra vez, aun cuando había sido educado
en nunca exigir. Y no es que la vida fuera especialmente cruel:
tenían agua que subía del pozo fácilmente,
una estufa que daba calor, una madre que permanecía
ante el lavabo a todas horas y miraba añorante
a donde los bosques alguna vez lanzaron voces
de osos pequeños ―ellos también una familia― y la canción
de los pájaros hace tanto emigrados cuando los bosques se rindieron,
un árbol a la vez, ante la llegada de los obreros
con jarras de café. El lugar desgastado en el alféizar
es donde la madre descansaba su cabeza cuando nadie veía,
esas dos crestas manchadas eran los asideros
con los que contaba; nunca la decepcionaron.
¿Dónde está ella ahora? ¿Crees que tienes el derecho
de saberlo todo? ¿Los niños tan pequeños
como para llenar armarios, tan grandes como para tener
habitaciones propias y abandonarlas, el padre
con su mano derecha alzada contra el cielo?
Si esas preguntas son demasiado personales, dinos pues
¿dónde están los bosques? Debieron haber estado
porque el continente estaba vestido de árboles.
Todos leemos eso en la escuela y sabemos que es verdad.
Aun así, todo lo que vemos son casas, filas y filas
de casas hasta donde alcanza la vista, y donde la vista desaparece
hasta la nada, hasta el nuevo mundo nunca visto por nadie,
donde tiene que haber más que polvo, partículas
de tierra ardiente, la tierra que perdimos,
llevadas por el aire, y nada más.
Traducción de Juan Carlos Martínez Franco.
(Fuente: Círculo de poesía)
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