lunes, 25 de mayo de 2026

Juan Manuel Roca (Medellín, Colombia, 1946)

 

 

 

 

 

MONÓLOGO
DE JOSÉ ASUNCIÓN SILVA
 

La ciudad que me rodea
y se duplica en los charcos
de la lluvia
tiene un ropaje de sombras.
 
El viento viene del páramo
de Cruz Verde
con su negro levitón nocturno,
rasguña los vitrales de la casa,
se filtra en los campanarios,
golpea los aldabones
de bronce de la Candelaria.
 
Ese viento, mi alma es ese viento.
 
Entre cercanos silencios
resuenan las guerras del país
mientras tintinea el quinqué
con el que alumbro mis confusos libros de comercio.
 
Ese viento, mi alma es ese viento.
 
Corrillos embozados
murmuran a mi paso,
figuras fijas al paisaje,
estatuas de nieve a la entrada
de una iglesia, maniquíes
movidos por el frío cuchillo
del páramo.
 
Ese viento, mi alma es ese viento.
¿Quién dibuja en mi blusa el mapa del corazón?
 
¿Quién traza un centro a la ruta de mi fiebre?
 
La hermana muerta atraviesa el patio: su voz ya pertenece
a las construcciones
secretas del vacío.
 
Ese viento, mi alma es ese viento.
 
La aldea despereza su piel
de adormidera,
filtra una luz
en los costados de la plaza
a una hora en que la ciudad
parece viva.
 
Hablo de su lentitud,
de su pasmosa fijeza:
mientras concluye
el gesto de un hombre
que lleva de la mesa a la boca
su pocillo, cruza la eternidad,
el mundo cambia de estaciones, pasan las guerras,
hay futuros en fuga
y el hombre no termina
el ademán que funde sus labios
a la taza de café.
 
Todos parecen tocados de embrujo,
acaso miren en su quietud
el pájaro invisible
que les señala un oculto retratista.
 
Y de nuevo, el viento.
 
Ese viento, mi alma es ese viento.
 
Un disparo más
dirá el vecindario,
un disparo más
en las eternas guerras
del olvido.
 
La vida, esa feroz bancarrota.
 
 
Para Ricardo Cano Gaviria
 

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