Cada mañana ponía en los arroyos acero
y lágrimas y adiestraba a los pájaros
en la canción de la ira: el arroyo claro
para la hija dulcemente imbécil; el agua azul
para la mujer sin esperanza, la que olía
a vértigo y a luz, sola en el albañal
entre banderas blancas, fría bajo la sarga
y los párpados ya amarillos de amor.
.
De: «𝘓𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘧𝘳í𝘰» (1992)
(Fuente: Grover González Gallardo Poesía9
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