miércoles, 8 de abril de 2026

Ricardo Domeneck (Brasil, 1977)

 

 

X + Y: una oda

 

An refert, ubi et in qua arrigas?
Suetonio
De haber nacido
mujer, ya habría dado
a luz siete
hijos de nueve
hombres distintos.
Ahora, vivo entretenido
con las teorías
que explican mi gusto
por olores específicos,
cierta distribución de pelos
en las piernas ajenas,
el cabello en la nuca
y en el pecho
sin senos, aunque aprecie
ciertas glándulas mamarias
de muchachos y chicos
con aquella dosis
saludabilísima
a mis ojos de hipertrofia.
Medito sobre las conjeturas
de terapeutas,
los relatos de una Persona
partida, Edipo desnutrido,
sin modelo
en la infancia de un legendario
Layo
ejemplar, lanzándome
a una supuesta
búsqueda, entre amantes,
de mí mismo.
Intenté, sin el menor
éxito,
durante días inducirme la erección
delante del espejo.
Concluí que mi ego
no era tan eréctil.
Oí con atención
la fórmula
del padre ausente y la madre
dominante generando reinas
de bastos, espadas y copas
laxas y locas,
pero, a pesar de mi historia
de progenitora histérica
y procreador estoico,
mis hermanos
con sus prepucios tan precipitados
delante de los clítoris
echan a perder la estadística.
Leí todos los reportajes
sobre la posible queerness
en la boutique del código
genético, esa kermesse
de las afinidades seducidas,
y me reí con el amigo
que cierta vez, en broma,
me llamó dispositivo
biológico
de una Naturaleza estresada,
medicando el hipercrecimiento
de la población. No mentiré diciendo
que no temo y tiemblo
con el peligro del infierno.
Llegué, sin embargo, a la conclusión
de que mi pasaje
solo de ida
al Hades
no se da
por la inclinación
algo obcecada
de mis genitales
por el carácter heterogéneo
de vuestros gametos.
De haber
nacido hembra,
ya hubiera dado a luz once
cachorros de trece
machos diferentes,
y, como puta,
asegura
el Vaticano (y también Hollywood)
no se conoce ascensión,
tan solo caída.
Por lo tanto, poeta, pederasta y puta,
sigo con mis ojos por la calle
a cada portador
de esta combinación gloriosa
de cromosomas
X e Y,
llámense Chris o Absalón,
con sus proporciones espaciadas
entre los agujeros
del cráneo, la línea que se forma
entre orejas y hombros,
las alas de sus omóplatos
y la cofia de los rotadores,
las simetrías volubilísimas
entre las extremidades
excitantes y excitables
como nariz, pene y dedos,
el número de pelos
entre el ombligo
y el nido púbico,
el formato de los dientes
y sus reflejos
en diámetro
en los pies y sus uñas.
Si andan como comen,
si bostezan como ríen,
si beben como tosen,
si follan como bailan.
La absoluta falta de misterio
en algunos de ellos, incapaces
del famoso disimulo
de ciertos personajes
literarios femeninos
del siglo XIX.
En ellos, es oblicua
solamente la ocasional
erección inconveniente.
Me constriñen
estas confesiones,
pero cedería ciertos derechos políticos
por algunas de esas crestas ilíacas
ya presenciadas en playas, al sol,
y cambiaría una ida a las urnas
este invierno por esta u otra nuca.
Y mira cómo el planeta
insiste en la demostración empírica
de esa abundancia de músculos
y sus reflejos
cremastéricos:
en este exacto momento,
mientras escribo este textículo,
entra en el café, en pleno Berlimbo,
uno de esos ejemplares de chico
torpe y zurdo,
la gorra cubriéndole medio rostro,
prototipo de barba
y bigote, pantalones
que me catapultan a fantasías
con skateboards como props,
cejas cual caterpillars
sitiando los ojos con promesas
de delicias y desfachatez épicas.
Sus bambas son beige;
al quitarse el jersey, se ve
su escala de Tanner.
Su Calvin Klein.
Beige quedo yo, adivinando qué piel
cubre sus rodillas, sus talones.
Sueño el sexo biónico y homérico,
algo entre Aquiles y Patroclo,
interpretados en nuestro mundo
por Brad Pitt y Garrett Hedlund,
potros salvajes como búfalos
o bárbaros.
Y este mundo está llenísimo
de esas distracciones casi sádicas
para mi masoquismo
voluntarioso en vicio,
que impiden que componga
mi Divina Comedia,
mi Paradise Lost.
Perdone, Sr. Canon,
esta mi tosca y parca
contribución lírica a la cosecha
de sus contemporáneos,
pero no me catalogue
entre las farsas, sátiras.
Pues no es, resumo, culpa
de las masificaciones capitalistas
esta mi attention span
poco renacentista,
sino de esta explosión de cántaros
plenos de testosterona púber
que van y vienen por los espacios públicos.
Cuando pasan, bocados deliciosos,
finger food en arrogancia
cocky y garbosa, murmuro
en la cavidad hueca
de la boca:
“Deberían estar prohibidas
sus exageraciones de belleza”.
Mi fin será en estos baretos
de Berlimbo,
colmándome de café negro
y esperando sus ocasiones
para escribir poemas
que os celebren, actores
principales de este largo film porno
en que me vi concebido, creado
y expelido, coadyuvante
contento y doblado.
Os agradezco la oportunidad
de hacer del adverbio sí
una interjección obscena.
A los otros, juro que no se trata
de encomio, jactancia o loa.
Si yo quisiera hacer apología,
a lo mejor diría
que hay más elegancia
en “Sé mi erómeno
y yo seré tu erastés”
que en, al pescuezo,
“Mí Tarzán, tú Jane”.
No busco nuevos adeptos
que me hagan competencia.
Boys will be boys,
hay quien diga, y, claro,
no voy a decir que espero
de todo chico
que sea de Chirico
o Beuys.
Habrá momentos de caza
y rendición felices, las pocas
veces de suerte
en que seremos camareros
de algún chico pasolínico,
con quien se podrá, al final,
hacer el cama-supra, sesenta-y-nueve
y entonces discutir en el postcoito
otros conceptos entre guiones
al son de Cocteau Twins,
enumerar las guitarras de 1969,
nuestro horror a Riefenstahl,
la obsesión por Fassbinder,
y ojalá sentir en medio de tal
loa una nueva erección
perforando
las telas entre los pliegues
del edredón
mientras leemos poemas de Catulo,
Cavafis.
Cuando lleguen los bárbaros,
me encontrarán en la cama;
que vengan, sin embargo, armados,
pues he de estar acompañado,
y en ristre nuestras lanzas.

 

Ricardo Domeneck – Cultuurindustrie
 
 BONUS TRACK: LARGA VIDA A LA POESÍA PURA

                                a Ezequiel Zaidenwerg

 

Escucha bien, nosotros, poetas aguados,
caminamos hoy
entre plantas de nombres
muy bien catalogados,
pero que desconocemos,
y así muchas veces confundimos
nomeolvides y lágrimas de amor
llamamos miosotis a la russelia
y tomamos con frecuencia
por milamores a la gloriosa.
Yo, por mí, preferiría
saber distinguir entre la menta
y la melisa, ésta y la manzanilla
para salvarme de resacas quizá
llegando de antros y fosas malsanas
donde chicos esbeltos, longilíneos
como anguilas, sostienen los limones
nada luminosos
de una ex-caipiriña o tequila.
He aquí mi acción
de gracias,
poetas laureados, queridos
antepasados cosmopolitas
del último siglo,
vuestra pureza de lenguaje
nos ha salvado
de esos incómodos detalles,
llegamos por fin al universal,
y zorzal, gavilán o mirlo,
cantamos ahora
apenas ave
abstracta en la rama
de un árbol
que no sabemos nombrar.



                                                   (traducción de Aníbal Cristobo)

(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

 

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