CONVERSACIÓN DE COCINA
Yo llevaba frutas y verduras en un carrito
de un lado a otro,
era apenas un niño
y tenía las manos lastimadas
por arrastrar cajones de madera.
Los días de lluvia
cubría el carrito con un plástico
y lo ataba con una cinta
para que no se me escapara
ninguna manzana, ninguna zanahoria.
Me gustaba ir a la casa de la Avenida Goyena
tocar el timbre dorado de la puerta de servicio
y que apareciera esa mujer gigante con su
uniforme celeste y sus brazos como piernas
que flameaban al descargar el pedido.
Siempre me ofrecía jugo o un té si hacía frío.
La mujer me mostraba la foto de su hijo
y me decía que
había muerto en la guerra del Sur.
Yo salía flotando de esa casa.
En ningún otro lado
nadie jamás me ofrecía jugo y
mucho menos té.
“Tengamos conversaciones de cocina”
Me decía con su acento correntino;
tenía ojos enormes que se alargaban a través
del vidrio de la ventana y de la batea donde
pelaba papas o limpiaba
espinacas casi azules de tan verdes
y sólo teníamos conversaciones de cocina
de cómo se horneaba un pollo o
cómo se hervía una coliflor
se notaba que hacía un esfuerzo enorme por sonreír.
Cuando ya no podía fingir más
me despedía hacia mi lluvia invernal
hacia mis soles sórdidos de enero
hacia mi imaginación insaciable
que era como una oveja muerta
en una cuneta helada
de una isla lejana.
***
AVIONES
¿Viste vos cómo mueren esas gaviotas tontas
cercanas a los aeropuertos entre las turbinas
de los 747? La turbina
tiene una cosa especial “antipájaros”
para que el motor no colapse.
Yo siempre estuve del lado de los pájaros
pero los aviones caerían y habría muertos
y no llegaríamos a Europa en 12 horas.
Me sirvo una copa de gin y veo una
maravillosa serie de Islandia donde parece
que el frío es algo serio.
Acá se escucha croar a las ranas
en la zanja de la calle,
mi vecina no vino a dormir conmigo porque
tenía anginas, me dijo
para no contagiarte, me dijo.
Quisiera no amarla tanto; pero
ella es un 747 y yo una gaviota.
A veces creo que lloramos después
de hacer el amor,
tenemos una ventana que se extiende
sobre el puerto de Quequén
el olor es profundo, depende del viento,
quizás lloremos por los ácidos que hay en el aire
ella sufre viendo la tele y come calamares
y mandarinas y toma Gancia puro con hielo.
Es asombrosa
y aunque no vuela como un pájaro
me hace ilusión el aire
entre las alas.
***
Daniel Calabrese escribió para la contratapa del libro VACANTES EN EL INFIERNO, de Carlos. (Ediciones Del Camino )
“Ante la lectura de poemas como los que integran Vacantes en el infierno, de Carlos Núñez, me gusta insistir en este concepto: cuando la poesía está, se manifiesta. Y no hay dudas, porque no estamos frente a quien espera descubrir, con los pertrechos del lenguaje, un mundo enterrado como si usara una pala. No, su poesía está más acá de decir y sortea naturalmente las trampas de la vocación experimental y las de la ambición intelectual.
Venimos acostumbrados a escuchar que las historias se narran, mientras la poesía, por su imposibilidad de someterla a ciertas categorías lógicas, a menudo la explicamos por aquello que no es, con aproximaciones vagas, del tipo quintaescencia de la literatura. Pero aquí no hay conflicto. Este libro, esta confesión de Carlos Núñez, viene a decirnos que sus historias y su poesía se necesitan entre sí. Y nosotros a ellas".
(Fuente: Marcos Herrera)
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