miércoles, 1 de abril de 2026

Enrique Marchant (Chile, 1960)

 

 

Bestia profunda y otros poemas (Colección Pippa Passes, 2026) 

 

 

Enrique Marchant Díaz nació en Santiago de Chile el 30 de octubre de 1960. Estudió Pedagogía en Castellano y se tituló de profesor en 1982. Además de la docencia, ha trabajado en diversas editoriales como editor y corrector de textos.

Ha publicado seis libros: Divina herejía (poemario), Terminal (poemario), 101 adivinanzas chilenas para niños y niñas (Editorial Catalonia), 101 adivinanzas universales para niños y niñas (Editorial Catalonia), 101 haikús para niños y niñas (Editorial Catalonia), Los pueblos de la memoria (narrativa testimonial, publicación financiada por la I. Municipalidad de Montepatria, Chile).

Ha obtenido primeros lugares y menciones honrosas en diversos concursos internacionales de narrativa y poesía (Argentina, Paraguay, Perú, México, Uruguay, Venezuela, Colombia, Australia, entre otros).

 

 

Bestia profunda

 

                      Aún mis días son restos de enormes muebles viejos.
                                                                                Pablo de Rokha

 

En esta hora de serpientes acechando
mis noches son cantos de espantapájaros

No veo la salida a la cumbre de mis salvaciones
solo esta esperanza venenosa

Muevo mi esqueleto hacia las tumbas recién inauguradas
y encierro mi cadáver en las mazmorras del olvido

Cubro mis oídos con arena, pero un agua turbia se cuela
por sus ínfimos rincones y puedo escuchar al mar agonizante

No soy capaz de levantarme de este lecho
y de salir al mundo con su tumulto desquiciado

Me sumo en el abismo de mis tristezas
en la cueva mortal de mis culpas
y canto una misa destemplada a la muerte
que se niega a abandonarme

Mi cuerpo cataléptico yace entre mandrágoras y estiércol
mi voz grita muda a una bestia inexistente
y mi piel se deshoja sin sentido ni cura

 

Gólgota

 

me escupen y me escupen
me encierran en el clóset
de la sala de clases del colegio católico
Me pegan
me pegan al pasar
y vuelven a escupir sobre mi sangre negra
Paso por las catorce estaciones
de la muerte
soy crucificado
medio muerto
y enterrado en el patio
pero no resucito
no resucito
mis carnes se corrompen
mis huesos se corroen
mis ojos se van hacia adentro
“¡Sepulcros blanqueados!”, les grito
pero nadie me escucha
nadie me escucha
porque ya no tengo voz ni boca ni laringe
nadie me escucha en esta puta penumbra
de este puto atardecer
y todos se burlan
de mi cuerpo
mi cuerpo esmirriado, estupefacto
mi cuerpo esquelético, grotesco
pudriéndose en estos pastos
de la cancha de fútbol
del reputado colegio católico.

 

Pájaro invernal

 

Un jilguero abre sus ojos a la aurora
bajo las hojas congeladas de este invierno repentino

Cobija sus crías muertas e intenta alimentarlas
con pequeñas lombrices
pero los pichones no retornan de su tren oscuro
se sumen en la negrura

El ave finalmente agita sus alas
quiebra el canto
y se pierde en un horizonte destemplado

 

El hombre roca

 

A Pablo de Rokha, poeta de la estridencia

Conozco al hombre roca
un toro bravío vociferando su desgracia
una montaña de rebeliones
que claman por la justicia de los pueblos
una boca y una lengua ávidas de cazuelas
humitas longanizas empanadas
para brindar por el universo y agradecer sus placeres

Conozco al hombre roca
que no acepta un no como respuesta
y cuyo quejido llega hasta más allá
de la cordillera de los Andes
que conjura a la luna y desafía eclipses
que vacía su bilis ante los quiebres de la libertad
que ama a su mujer en las luces y en las sombras
que se emborracha de cuecas y sirillas

Conozco al hombre roca
que vende sus escritos escatológicos
a punta de insultos, patadas y puñetes
que ama a las mujeres ariscas y tozudas
bellas en sus formas y duras de rostro
que adora ídolos utópicos
derrumbados por la avaricia de los poderosos
que acaricia a sus hijos con manos descomunales y callosas
pero con la ternura de un potro solitario recién parido

Al hombre que calza su gorra su abrigo sus anteojos
con elegancia pueblerina de pobre soberbio
que me canta de ultratumba
una melodía destemplada
invitándome a descubrir toda la aspereza
de las cosas de este mundo
para pulirlas con la más irrestricta vocación
de militante de la vida
la única que tenemos y que no se repetirá
en las oscuras dimensiones del olvido

 

 (Fuente: Buenos Aires Poetry)

 


 

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