PERDONA
«No
te enamores nunca, hija», me dijo mi mamá en la cocina, era 2002 o
2003, y aunque nadie lo predijo, ese día iba a darse la última reunión
del club de las mujeres desesperadas, como llamábamos Flor y yo al
grupete que venía a casa con mi mamá y mi tía Silvia y a veces hasta mi
abuela, a hincharse de masitas y pastafrola, mate o café o vino según
cuántas horas se extendiera la jornada de tirar papelitos, fotos y
frustraciones en una olla. Entre carcajadas tristes, a pura lágrima
rabiosa, a chusmerío infame, a puro tirarse dardos con los dientes
afilados. Con el alma rota en la mano, pasaban las tardes y los años y
ellas no conseguían nada. Los amarres no ataron a Ricardo, el exesposo
de María, ni trajeron de vuelta a mi papá, ni al imbécil —como lo
llamaban en ese entonces— del exesposo de mi tía, el papá de Flor. Lo
único que esas mujeres lograron con el club fue pasar las horas, por un
rato regodearse en el odio que las juntaba, sentirse menos solas,
purificar la idea sacra de que los hombres eran los culpables de todos
sus males, porque no sabían decir patriarcado ni supieron nunca de las
relaciones asimétricas de poder fundantes de casi todas las cosas que
las rodeaban, pero sí supieron hacer de la soledad su patria, del
sufrimiento un rosario, del runrún de sus tardes juntas un rumor que,
para Flor y para mí, fue una losa inmerecida. Pero a veces esas señoras
eran graciosas, a veces cantaban boleros de Luis Miguel o entonaban
letras de Raphael a gritos, a veces solo cocinaban y no destruían cartas
ni quemaban viejos recibos de luz y gas, ni se insultaban ni rompían
jarrones contra el suelo, ni mentaban hechizos de magia negra. A veces
solo se sentaban a jugar al scrabble y a criticar a otras mujeres, a
reírse un rato. A Florencia le parecía que nuestras mamás hablaban
mucho, demasiado, decía, «Sobre todo la tuya, pasa de estar tirada como
una muerta durante semanas a convertirse en payasa de feria, no se
calla, eh, no sé cómo haces para vivir con ella». Y es verdad, mi mamá
siempre estaba muy cansada o muy animada, muy acostada o muy de pie,
pero algunos días, como ese en el que se juntaron todas, las seis o
siete que eran, por última vez, parecía tranquila, estable diría yo
ahora. Hacía meses que había empezado a hacer una terapia holística
donde hablaban del apego, de viejos mandatos, de purgar los rencores a
través de acciones desinteresadas y bondadosas, yo sabía que lo
intentaba, que intentaba no faltar a las sesiones aunque a veces no
pudiera ni levantarse de la cama, que intentaba no contarme lo malo,
todo lo que yo nunca supe, lo que todavía no sé, sabía que estaba
intentando cocinar para mí y para sus amigas una receta nueva de pollo
relleno con pasas y verduras, que había comprado velas aromáticas, y
había limpiado toda la casa con mucho esfuerzo —aunque quedaban bolas de
mugre detrás de los muebles o entre las cosas—, que se había teñido las
canas nuevas que empezaban a ocuparle la melena, que intentaba sonreír
cuando no quería sonreír, sacarse ese odio ancestral a los hombres que
no sabía de dónde venía y la anegaba por dentro y, sabiendo todo eso, la
vi luchando contra sí misma cuando me dijo: «No te enamores nunca,
hija, sé libre, pero no andes como una tonta enamorándote de los
hombres, por favor», y sacó del horno el pollo quemado y desbordado de
una masa informe, el vapor nos borroneó la cara, inundó la cocina, las
señoras empezaron a entrar, yo por un momento me quedé atajando las
palabras de mi madre, no sabía qué hacer con ellas, y vi toda la grasa
que ella no había limpiado bien, todavía incrustada a los azulejos de la
pared, de la mesada, vi las varices en las piernas de todas, la
desolación ante el pollo quemado, y me pareció buena idea, esa noche,
escribir en mi diario bordado de flores que «amar es resistir», y decidí
algo que me perjudicaría o al menos pensaba que elegía, elegí algo que
me arrastraría y me pasé el resto de la adolescencia y de la vida
enamorándome hasta de los perros.
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| La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026 |
Miryam Hache
(Buenos Aires, Argentina, en los 80')
Reside en Barcelona, España
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ESCRITORA/GESTORA CULTURAL
de La belleza del desastre, Jekyll&Jill, 2026
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para leer + en ESCRITURAS INDIE
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(Fuente: Emma Gunst)



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