Silver surfer
Voy vestido de Apolo por la casa. El cuerpo,
una amenaza elegante.
Perdí parte en la embestida. Es una quimera el dato de
mi especie.
Soy un escapista del amor, desperdicio
el alimento con un gesto.
A veces, la tarde llega como un sueño
de héroe de historieta. Cuando salgo
a correr olas con la tabla, me sigue siempre
esa espuma, rumor brumoso de olas al acecho. Colas
de novia sobre el mar. Un llanero blanco y
su caballo de agua.
Sabe mi madre que pierdo el sueño por las noches
pero ya soy grande –dice– y los grandes
suelen estar despiertos hasta tarde.
Ella vuelve a menudo a esta playa
donde se ahogó su hija. Piensa que el viento
en la cara le da fuerzas y cree ver sobre la arena,
desalineadas como chicas lindas,
las sandalias de mi hermana.
Las olas están llenas de esos cuerpos
que llevan trajes de dos piezas y se entregan
de la mano al vaivén de la marea. Deliciosa:
con el pelo hecho de agua una flotilla
de novias dice: ahora me ves, ahora no me ves.
Mientras sorteo cuerpos en un mar
donde no hay nadie, vuelven siempre aquellos años:
el pecho entero como un lirio y el corazón
superpoblado.
Yo era guapo y feliz por esos días. No sabía que el
amor va en murmullo
y a dos vocales se resume
el antiguo enigma de los géneros. En fin
un muchacho acostumbrado
al sustento de los ojos.
Nada saben mis padres de esas tardes, no ven el
llanto acumulado en la rejilla, ven un resto de agua
que resbala, un charco
crecido bajo el traje de neoprén. Es mi deber
mostrarme calmo en la rompiente.
(selección de Marcelo D. Díaz)
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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