SOBRE LA MUERTE DE UNA CIVILIZACIÓN
No empieza con fuego
ni con ruinas visibles desde el cielo.
Empieza antes:
en la idea de que un pueblo sobra
Y debe ser destruido
Una palabra se repite
como si fuera neutra, técnica, limpia:
“erradicación”,
“traslado”,
“solución”.
Y alguien firma.
El genocidio no es solo la muerte,
es el cálculo de la muerte:
la voluntad de borrar
no cuerpos
sino nombres,
lenguas,
dioses diminutos que habitan la memoria.
Se quema un archivo
y arde una forma de mirar el mundo.
Se dispersa una familia
y se fractura el tiempo.
cuando cae su última ciudad
ya nadie
puede pronunciarlas.
Hay un instante —casi invisible—
en que el asesino cree
que está ordenando el mundo.
Ese instante
es el verdadero abismo.
Después vendrán los números,
las cifras frías,
las estadísticas
Pero el genocidio
es anterior a la cuenta:
es una decisión sobre quién merece
seguir siendo humano.
Y en algún lugar mínimo,
un sobreviviente guarda
una palabra
como quien esconde fuego.
Ahí,
en esa sílaba que resiste,
late todavía
la posibilidad de otra civilización.
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