Como nacen los héroes
a Rafael Espinosa
Alguna vez, durante la transmisión
de un deshielo, un crepitar
sinfónico, amplificado por el escenario austral,
se podrá entender como el residuo de una tradición
oral- algo acoplado ahí
por su carácter holográfico, como la historia inservible
de una estirpe de maras, o mapuches, -unos restos
de chozas y bolsas plásticas, botellas
en el barro escarchado, reformulado
por las expediciones de bulldozers para la arquitectura
del silencio: la habitación vacía
donde un plasma repetirá las imágenes que primero
anuló, o unas sobras
centrifugadas largamente
que permanecen girando al fondo
del desagüe, sin acabar de irse, pese al esfuerzo de la depuradora
municipal. En una escena así, alguien
podrá garantizar su aparición
retroactiva, interviniendo el tour
desde una posición equidistante, psíquica:
alguna vez, entonces, parecerá
que su flamante vida de reality
show, construida
sobre picos de audiencia; y acompañada
por una banda de sonido
imaginaria
podría durar algo más que la grieta en
el hielo, o incluso
restaurarse a un punto anterior
por medio de un error de edición. Ese ranking
nos hará olvidar que forma parte de la misma
leyenda, y que ha sido criado -como
nosotros mismos
por las patrullas antimigratorias, educado
en una mitología contraria al canje: el que haya sido un niño
será usado indistintamente por razones opuestas; y el que era
él, deberá perderse, pixelarse en una fase previa
para que su avatar se quite ahora los binoculares,
y dialogue con los ingenieros.
Siempre pensaremos que está en otro sitio,
que únicamente busca un mapa geodésico, un bosque
para hacer tropezar su cuerpo
contra el olvido o alerces -y encuentra una
cláusula
del seguro, y otra fonémica: ambas han sido aisladas
entre dos pausas, y radiografiadas ahí, chequeadas; y ambas lo desafían
a que recuerde: cada deseo desactivado por una nueva narración
infantil, animales fantásticos, surgidos
desde una zoología del control, que se insertaban
como enmiendas constantes, hasta que el bloque de hielo
desapareciera por completo
y sólo quedara la psicrofilia, los temblores
nocturnos, el charco de la culpa
cuando se descongela: la postal del futuro
clavada sobre un panel de corcho en la oscuridad
y abandonada allí.
Cuando no esté haciendo eso, habrá
una reacción
física haciéndolo por él; algo
que no acabará de dejarlo adherirse, ni
soltarse -un deslizamiento
contra la superficie del vidrio
donde sueña que es él, y no puede entenderlo.
O si no, alguien puede
toser: tose, y comprende su error - pero el efecto
significa aquello que lo anula, por
contraposición con la grandeza
del propósito, y la caída proporcional en la masa total
del glaciar - y sólo se registra como
provocación, y se gestiona
como comment; asentimiento de un modo general.
Una historia como esa, descongelándose, podría
producir una enseñanza: que uno
para persistir, lo haga en forma de acrónimo, o esparcido en un texto
más amplio –un
tratado sobre las diferencias entre persecución, razzia, y exilio
voluntario- de donde deberá ser rastreado, escaneado
hasta su análisis sistémico y su distribución definitiva.
Mientras esto no
ocurra, de todos modos
habrá alguien para producirlo, y otro
que no podrá escucharlo, mientras
echa un vistazo a los sucesos del
día, en diagonal: hay un eclipse
proyectando su campo magnético sobre la superficie
del vaso de agua sobre su escritorio, y otro
que no puede sentirlo, ni su propia
piel
crispada bajo la camisa.
++++++++++++++++++Y así nacen los héroes.-
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)

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