lunes, 16 de febrero de 2026

Tito Lucrecio Caro (Pompeya, 98/Ercolano, 94-Roma, 50/55 a. de C.)

 

 

De la naturaleza de las cosas, IV,

1096-1120

 

Como el que siente sed soñando y no consigue
que las aguas apaguen el ardor de sus miembros
y busca manantiales pero se esfuerza en vano
y siente sed bebiendo en la mitad de un río,
así en el amor Venus engaña a los amantes
y aun presentes sus cuerpos no se pueden saciar
ni arrancan sus caricias nada a los tiernos miembros
al errar vacilantes en el cuerpo del otro.
Y finalmente cuando entrelazados gozan
de la flor de la edad y en el cuerpo se anuncian
los placeres y Venus intensamente siembra
el campo femenino, entonces mezclan ávidos
los cuerpos, las salivas de sus bocas, respiran
deseosos, se muerden, y es en vano: no obtienen
nada y tampoco pueden abrir ni entremezclar
un cuerpo con el otro. Porque eso pareciera
que pretenden, tan ávidos los fija en su red Venus
mientras la voluptuosa potencia del deseo
los derrite. Y al fin el ansia acumulada
se expulsa de los nervios: sobreviene una pausa
en el violento ardor. Pero enseguida el mismo
frenesí vuelve y vuelven ellos a perseguir
eso que buscan, sin encontrar la manera
de remediar su mal, y ciegos languidecen
consumiéndose a causa de su secreta herida.
 
Traducción de Alejandro Crotto 
 


TRADUCTOR INVITADO: ALEJANDRO CROTTO

Esta semana vamos a leer siete poemas en traducción del poeta, traductor y ensayista argentino Alejandro Crotto (1978). Ale fue mi primer gran amigo en la poesía. Nos conocimos ya no sé si en este milenio o el anterior –en 1999 o 2000–, en una clase de latín de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde quedamos sentados uno al lado del otro por azar. Los dos llevábamos una cantidad a todas luces exagerada de libros de poesía, que cada uno procedió a apilar sobre el pupitre que le había tocado. Al notar que éramos parte de una coreografía involuntaria, nos miramos, nos reímos y nos presentamos. Y si bien ese día la profesora tuvo que amonestarnos varias veces por interrumpir la clase con nuestro parloteo poético, que poco tenía que ver con el latín; y aunque luego los años nos llevaron por caminos distintos–, Ale y yo nunca dejamos de encontrarnos y de hablar el mismo idioma.

 

(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib) 

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