De la naturaleza de las cosas, IV,
1096-1120
Como el que siente sed soñando y no consigue que las aguas apaguen el ardor de sus miembros y busca manantiales pero se esfuerza en vano y siente sed bebiendo en la mitad de un río, así en el amor Venus engaña a los amantes y aun presentes sus cuerpos no se pueden saciar ni arrancan sus caricias nada a los tiernos miembros al errar vacilantes en el cuerpo del otro. Y finalmente cuando entrelazados gozan de la flor de la edad y en el cuerpo se anuncian los placeres y Venus intensamente siembra el campo femenino, entonces mezclan ávidos los cuerpos, las salivas de sus bocas, respiran deseosos, se muerden, y es en vano: no obtienen nada y tampoco pueden abrir ni entremezclar un cuerpo con el otro. Porque eso pareciera que pretenden, tan ávidos los fija en su red Venus mientras la voluptuosa potencia del deseo los derrite. Y al fin el ansia acumulada se expulsa de los nervios: sobreviene una pausa en el violento ardor. Pero enseguida el mismo frenesí vuelve y vuelven ellos a perseguir eso que buscan, sin encontrar la manera de remediar su mal, y ciegos languidecen consumiéndose a causa de su secreta herida.
Traducción de Alejandro Crotto
TRADUCTOR INVITADO: ALEJANDRO CROTTO
Esta semana vamos a leer siete poemas en traducción del poeta, traductor y ensayista argentino Alejandro Crotto (1978). Ale fue mi primer gran amigo en la poesía. Nos conocimos ya no sé si en este milenio o el anterior –en 1999 o 2000–, en una clase de latín de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, donde quedamos sentados uno al lado del otro por azar. Los dos llevábamos una cantidad a todas luces exagerada de libros de poesía, que cada uno procedió a apilar sobre el pupitre que le había tocado. Al notar que éramos parte de una coreografía involuntaria, nos miramos, nos reímos y nos presentamos. Y si bien ese día la profesora tuvo que amonestarnos varias veces por interrumpir la clase con nuestro parloteo poético, que poco tenía que ver con el latín; y aunque luego los años nos llevaron por caminos distintos–, Ale y yo nunca dejamos de encontrarnos y de hablar el mismo idioma.
(Fuente: Ezequiel Zaidenwerg Dib)
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