miércoles, 11 de febrero de 2026

Rogelio Echavarría (Colombia, 1928-2017)

 

 

A cien años del nacimiento de Rogelio Echavarría (1926-2026)

 

EL TRASEÚNTE

 

Por: Rogelio Echavarría (1928-2017)

A mi esposa

y a mis hijos

como quien dice

a mí mismo

 

 

El transeúnte

 

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío,

llenas de  gentes como árboles

batidos por oscura batahola.

O si el sol florece en los balcones

y siembra su calor en el polvo movedizo,

las gentes que hallo son simples piedras

que no sé por qué viven rodando.

Bajo sus ojos –que me miran hostiles

como si yo fuera enemigo de todos-

no puedo descubrir una conciencia libre,

de criminal o de artista,

pero sé que todos luchan solos

por lo que buscan todos juntos.

Son un largo gemido

todas las calles que conozco.

 

 

Polvo

 

El sol, esta mañana, escancia la humedad de la noche,

las mujeres lavan su cuerpo de la sombra del lecho,

tibieza de los sexos y azúcar del amor.

Las calles amanecen entre rotas ventanas.

Pasan los que recogen la basura

y llevan al olvido cuanto los hombres tocan.

Si las noches fueran más largas

las mujeres se ahorcarían en sus cabellos, llamas oscuras

que multiplican la pesadilla o el espasmo.

Pues esta niña que se asoma al día por el espejo

parece recién salida del paraíso.

Si las noches fueran más largas

el polvo afirmaría su dominio sobre las cosas.

Yo siempre duermo con mi única fiel compañera,

que me acaricia el rostro con sus manos de hollín.

El hombre se defiende de la muerte

en la noche, y todas las mañanas

debe luchar contra el puñado de ávida ceniza

que le adelante a su sepulcro

la vida.

 

 

A la lluvia

 

Demonio de la lluvia –látigo de lujuria-

no rompas con tus dientes vidriosos el abrigo

del tibio pecho, lo único tibio del humilde;

no nos traigas el frío de la tan alta nube,

no persigas al perro sin puertas con tus piedras,

no rompas el pulmón del obrero que canta

siguiendo el pie descalzo de sus hijos sin cielo,

no mancilles las barbas secas del pordiosero,

no llegues hasta donde no pueden evitarte.

Deja tu voz pluvial para el cultivo de los ríos,

para la faz de las persianas donde hay dueño,

para el paraguas, que es tu flor arcaica.

Demonio-dios, que envidias y que amas

las multitudes y caes ruidoso sobre todos,

disuelve ya a Babel y permite que asome

el sol como un henchido seno de leche pródiga.

 

 

La libertad

 

La libertad no me encadena pero nunca me deja libre,

la libertad sigue mis pasos y me oculta todas las puertas,

la libertad está en mi casa y tiene un nombre

de alas clavadas que lloran: la soledad…

La soledad, mi solidaria en el teatro y en el parque,

la soledad en la sopa fría y en los comensales del restaurante,

la soledad a la mesa sentada en el bar

y en la moneda disoluta y en mi corazón impar.

La libertad está prohibida por los jueces y por el día,

la libertad quema su lámpara y mi novia es la libertad,

la libertad que separa a los hombres del pan,

la libertad que nunca nos comprende: la soledad…

La soledad es una mendiga que come con los cinco sentidos,

la soledad, mendiga del amor,

la soledad no sé qué es, por eso estoy tan solo

y pregunto a los que han muerto por mí:

¿qué es la libertad?

 

 

Pequeño nocturno

 

La noche

-no hay luna que me lleve de la mano-

me abarca y abre el reino

donde yo seré el solo único.

Todas las cosas

se refugian bajo la tierra.

Allí el agua purga sus pecados

y los muertos abren los ojos.

Los amantes cambian sus cuerpos

y el silencio los hace iguales.

Los pájaros yacen, cansados

de sostener el cielo.

 

 

El sueño

 

Como la luz del sol es toda tuya y toda mía

a pesar de los muros que a los cuerpos separan;

como el calor del sol a tu luz permanente

y como su alumbrada fuerza a mi fuerza oscura,

estás íntegra en mí y yo en tu blanco espejo,

fieles los ojos de invisible sombra.

Cuando en la noche caen las altas torres

y trabajan sonámbulos los lejanos correos

con sus manos que buscan el lugar del reposo,

te encuentro en mí, trocados los cuerpos transparentes

y plenos de nosotros mismos en carne y hueso,

te encuentro en mí y tú en tu ser me hallas,

me palpas y me acunas y me das alimento

y quiero que no mueras para no despertarme.

 

 

Lugar común

 

Ya que no todos podemos ser

poetas

comprender lo sublime

o exaltar lo sencillo

hablemos francamente

confesemos nuestro fracaso

de hombres sin alas

de hojas muertas en el estío

nuestros empeños ciegos

sin metáforas vanas

nuestras identificación con todos

o con casi todos

y si alguien nos entiende

y fecunda nuestra impotencia

eso también es poesía

o por lo menos una gota

en la sed del infierno

cotidiano.

 

 

Apagada memoria

 

Desando morosos los pasos

francos y furtivos

convoco sombras y reflejos

lugares que duele no identificar

y otros que nunca regresaron

ruinas con aquella música del pasado

que no sabíamos futuro

también pasado

invento pálidos recuerdos

a los que siempre asistes

con las manos vacías

me traes todo lo perdido

pero nunca lo recupero

estamos condenados

a morir sin vivir

siempre

estérilmente.

 

Contravía

 

El río de mi vida corre al revés

o yo voy a contrapelo

a la misma velocidad

por eso la playa

es siempre la misma

no pasa no avanzo

pero si dejo de remar

me lleva la corriente

-el río sabe su camino

aun en la oscuridad-

y me pierdo sin regreso.

 

 

Tiempo perdido

 

¿Cómo te quejas de que pase el tiempo

si vives sofocándolo, acosándolo,

apremiando sus plazos, estrechando

su camisa, podando su almanaque?

Niño quieres ser joven y maduro

ya no aceptas ser viejo. ¿Quién entiende?

Compras para pagar después y gimes

cuando te exigen saldo al vencimiento.

Haces ayer el diario de mañana,

no vives hoy amor sino recuerdo,

en enero trabajas por diciembre

y tienes mal del siglo… venidero.

Y cuando escribes luces un quevedo

en lugar de los lentes de contacto.

Miras más lejos de la tumba y sabes

que el alma es miope y suele tropezarla.

 

 

Andante

 

El artista comienza

lentamente

con una mano.

Serio y seguro.

Los dedos saben al dedillo

la difícil lección.

Y al final muchas manos

rasgan las cuerdas,

blanca cascada de aplausos

en final feliz.

El poeta comienza

solo con Dios

que le dice levántate

y anda,

pero él sigue tan muerto,

desangrado

por la costura descosida

del alma.

Un silencio sonoro

de cántaro roto.

Las palomas de los aplausos

huyen en bandada

silenciosa.

Así comenzó el solista

y así acaba.

 

Artista

 

El sombrero de copa

y la almilla

rota.

 

Poética

 

¿Qué es poesía? preguntas.

Hago luz y –discreta

y sorprendida- huye

la poesía: ¡esa sombra!

 

Biografía

 

Ayer, sueño.

Hoy, recuerdo.

¿Cuándo realidad?

 

 

Aurelio Arturo

 

En su deceso

Demoraste en la paz

del Sur definitivo,

hoja lenta que otoño

baja como una lágrima.

A tu lado bebí

agua profunda y fresca.

¿Y quién mi fiebre pulsará, mi mano huérfana?

Una palabra más

un ademán apenas

de adiós y se rompiera

tu cielo de silencio.

 

 

Jornada del turista

 

A Ernesto Sábato y Enrique Molina

en sus ochenta años

Je regrette l´Europe aux anciens parapets

 

 

Rimbaud

 

Yo, que tanto miré, no veré nada.

Preparo mi vejez desde la cuna

y guarda mi esclerótica cansada

las fases de la vida y de la luna.

Si desde la ventana de un castillo

de Gales a mis pies el mundo humillo

y lo que ven mis ojos en Atenas

mi padre me esbozó, soñando apenas;

si en la alborada vuelven a su sitio

las islas por la noche dispersadas

y me pierdo buscando el laberinto

de Cnososo porque no encuentro la entrada,

saludo a un tiempo y triste me despido

de todo, pues el término he cumplido.

Pero, para alargar tan breve fiesta,

engañemos la muerte con la siesta.

 

 

Final

 

A mi padre, en sus 90 años

¡De suerte que este instante es la vida!

(El tiempo lucha

gota a gota

contra la seca eternidad).

La luz se extingue inútil

como un sueño que nunca se recuerda.

 

Epitafio

 

Al fin voy a dormir

despacio

y solo.

 

 

UN POETA DE NUESTRO TIEMPO / ROGELIO ECHAVARRÍA (1926-2017)

Por: José Manuel Arango (1937-2002)

1

Gottfried Benn, que sabía de las exigencias que comporta escribir hoy poesía, hace hablar a la Moira, a la Parca, en su conferencia Problemas de la lírica: «… quiero decírtelo al oído: una totalidad voluminosa es un sueño arcaico, sin ninguna conexión con la h ora actual.» Y hasta llega a hacer esta afirmación extrema: «Ninguno de los grandes líricos de nuestro tiempo ha dejado más de seis u ocho poemas perfectos; los restantes pueden resultar interesantes desde el punto de vista biográfico y evolutivo del autor, pero pocos son los que pesan por sí o fascinan durante largas épocas. Y para esos seis poemas, pues, de treinta a cincuenta años de ascetismo, sufrimiento y lucha.» Es que escribir u n poema no es asunto fácil: «tras un poema se perfilan los problemas del tiempo, del arte, de las bases internas de nuestra existencia de forma más nítida y radical que tras una novela o incluso una obra dramática.” (1).

Me parece que estas palabras de un poeta de la muerte, como es Benn, pueden traerse a cuento si se trata de decir algunas acerca de nuestro Rogelio Echavarría, autor de una obra medida y sopesada, rumiada y sufrida. De una obra parca, en fin: quizá ninguno de nuestros poetas haya llevado la parquedad a tal límite.

2

Rogelio Echavarría es, también, un poeta de la muerte. En su poema «Muerte reiterada» -un título que confiesa una de sus obsesiones, quizá la dominante-, nos dice justamente:

El poeta es un hombre que

vive y convive con la muerte

El texto es reciente, escritura de hombre maduro. Pero ya en uno de los primeros de El transeúnte, es decir, en un poema de juventud, había dicho:

Yo siempre duermo con mi única fiel compañera,

que me acaricia el rostro con sus manos de hollín.

(Dicho sea de paso: este par de versos son de los que golpean y quedan sonando en la memoria, de los que hacen que uno vuelva a la obra de un poeta.)

La vivencia de la muerte y la convivencia con ella son, pues, una especie de trato amoroso. La muerte es la única fiel compañera. Su frecuentación es la que mantiene los ojos abiertos; la que, lejos de excluir, permite la ebriedad del canto. Cada hombre debería aceptar el no saber y la indefensión que su cercanía trae.

Debemos mirar a cada hombre y llamarlo y tomarlo

de la mano y preguntarle de dónde viene, desde cuándo,

nunca hasta dónde va, porque lo mismo

sabe que yo, que tú, que nadie.

O si lo sabe es un loco como aquel

que creía que lo sabía.

O si canta viendo que los gusanos lo esperan

entre su cuerpo, dejadlo…

Dejadlo que siga cantando, porque está ebrio.

3

Entre nosotros hay quizá una visión burlona de la muerte. Y tal vez nos venga -a nosotros, tan encerrados entre estas montañas- de la Edad Media, a través del medieval catolicismo barroco de la Contra-reforma. (El gran teatro del mundo, de Calderón, es sin duda una versión para auto sacramental de la vieja Danza de la muerte.)

La muerte -la Pelona-, con su figura teatral, fursesca y festiva, es un icono popular. Y, sobre todo, la actitud que supone tal representación, la postura entre estoica y gozadora, es muy del vulgo.

Tomás Carrasquilla, en su transcripción de un cuento tradicional, el cuento de la señá Ruperta, cuelga a la muerte en la horqueta de un árbol -la anula-, hasta que la pobre, flaca y con telarañas en las cuencas y con la guadaña oxidada, hace sentir su falta en el mundo.

Jaime Jaramillo Escobar, por su parte, en la Aproximación a la muerte de Los poemas de la ofensa, se pone a bailar con ella en estas «Coplas de la muerte» (que sean coplas, aun si en ellas no hay ya consonancias sino una música áspera y disonante, es significativo): 11 Digitalizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República, Colombia.

La Muerte me coge el pie,

yo la cojo del cabello;

si se queda con mi pie,

me quedo con su cabeza.

La Muerte me coge un brazo,

yo la agarro con el otro;

cuando amanezca estaremos

dando vueltas en redondo.

Y lo teatral está también en la retahíla que es su tremendo «Aviso a los moribundos», donde habla una especie de pregonero o heraldo: Vengo de parte de la Muerte para avisaros que vayáis preparando vuestras ocultas descomposiciones.

Esa tradición llega también a Rogelio Echavarría. Con un humor más delgado, porque la danza se ha interiorizado, se ha hecho lírica:

Cien pasos doy de para atrás

pero la muerte los advierte.

Es también, delicadamente, una burla:

Con mi mañosa lentitud

engaño a todos, no a la muerte.

¿Qué prisa tengo para ver abiertos ojos, ciega muerte? (…)

Ojo por ojo, hueso por

hueso, la muerte cobra vida.

4

En la poesía de Rogelio Echavarría hay humor. Ligereza de baile y música, juego verbal. Un humor tenue, que podríamos llamar metafísico. Como en esta «Biografía»:

Ayer, sueño.

Hoy, recuerdo.

¿Cuándo realidad?

O en este chaplinesco «Artista»:

El sombrero de copa

y la almilla

rota.

¿Y qué decir de este «Oscuro sueño»?

Me asaltan en la noche y me ofenden

fantasmas transparentes y fríos

me toman por los cabellos me hunden en un pozo oscuro y febril

¿O de estos versos escuetos, donde el «insecto sonriente» no puede ser otro que el animalejo capaz de risa?

Este insecto sonriente

no sabe que hay un día

y una noche siguiente.

Era todo y es nada

en la misma jornada.

5

Otro de los asuntos de la poesía de Rogelio Echavarría es la soledad. No se trata, claro, de la soledad como tópico sino de la experiencia de la soledad. Cada época y cada hombre tendrán la suya, no es la misma la del místico que la del poeta de la naturaleza. Y la de hoy es la soledad urbana.

La soledad, mi solidaria en el teatro y en el parque,

la soledad en la sopa fría y en los comensales del restaurante,

la soledad a la mesa sentada en el bar

Como se ve, es una soledad que, igual que la muerte, se figura y se personifica.

Que se sienta con nosotros a la mesa en el bar. Dice Darío Jaramillo Agudelo: «Diré tan sólo lo principal: Rogelio Echavarría es un poeta original en la poesía colombiana porque fue el primero que abrió los ojos a la poesía de lo cotidiano y de la ciudad: y lo hizo sin perder vuelo lírico, sin abandonar el misterio esencial de la poesía.” (2). Tiene razón. El poeta es hoy un otro entre muchos. Entre los que están

Acodados en la barra

aislados

solitarios entre los demás

con los pies altos del suelo

Porfirio Barba Jacob era todavía un genio. Es decir, tomaba todavía esa postura romántica. Cuando sólo habían pasado seis años desde la muerte de Barba Jacob, hacia 1948, la de El transeúnte es otra voz. Sus palabras sin énfasis suenan más cercanas a lo que hoy sentimos. «Soy el diseminado», nos dice. Como una semilla más de las que derrocha la naturaleza, la madre loca. Y en otro lugar:

Hablemos francamente

confesemos nuestro fracaso

de hombres sin alas

de hojas muertas en el estío

nuestros empeños ciegos

sin metáforas vanas

nuestra identificación con todos

o con casi todos

También la vida en la ciudad es otra clase de muerte. El pasajero, el «camarada enemigo» -en otro poema en el que la vida es como un prosaico viaje en bus- no sabe

de dónde viene aunque subió en la esquina

adónde va aunque vaya aquí conmigo

El desarraigo es ley:

¿Qué importa dónde se nace

ni dónde se muere,

si con la muerte regresamos

a la cuna y con el nacer

aseguramos nuestra muerte?

El poeta ya no se da ínfulas. Es uno más, otro de esos todos. Lo que dice sabe a palabra de todos los días:

La ducha tibia, la afeitada lenta, la ropa limpia y el café fragante, el diario fresco, la ventana abierta…

Sí, permanece en lo cotidiano sin perder intensidad. De modo que puede decir, como cualquier yo, como cada cual, que él es

Igual a todos y distinto a todos y distinto a mí mismo cada día.

6

El amor -cómo podría ser de otro modo- está también entre los motivos de esta poesía. Amor, sí, a una mujer concreta, de carne y hueso, pero que es, además, afirmación de la vida y de la poesía, búsqueda de la totalidad. En «Declaración de amor», por ejemplo, título de un poema pero que bien podría ser el de la obra entera del autor, y hasta el de la gran obra en la que trabajan juntos todos los poetas, el poema que se escribe a muchas manos:

Soy el diseminado, que tiene en ti el último centro. Busco una soledad que prolongue la mía.

Quizá la pasión amorosa sea, en nuestro mundo desangelado, una de las pocas puertas que quedan para acceder a eso que Lezama Lima llamaba sobrenaturaleza. Aquí no es, sin embargo, un sentimiento religioso, o al menos no lo es de manera ortodoxa. El amor no es prenda de resurrección o de trascendencia. Sencilla y solamente

es el amor, sobre el que nada tengo adquirido ni esperado

Amamos, como vivimos, únicamente

hasta el día en que el fruto necesite nuestro agrio bagazo.

El acto amoroso, a la vez que plenitud, es destrucción. Es intercambio de cuerpos, de materias.

¿Por qué destruye los cuerpos para luego

rehacerlos tan perfectos que puedan sufrir nuevamente

la muerte de que fueron salvados y a la que siempre viven condenados?

Los amantes cambian sus cuerpos

y el silencio los hace iguales…

Cuando en la noche caen las altas torres

y trabajan sonámbulos los lejanos correos

con sus manos que buscan el lugar del reposo,

te encuentro en mí, trocados los cuerpos transparentes

y plenos de nosotros mismos en carne y hueso.

Plenitud y destrucción. Desde ahí se puede -se debe- celebrar. La belleza está por todas partes. Aun las ferias están

llenas hasta la hartura de belleza gratuita

El poeta, el mirón de esa belleza gratuita, puede decir:

Desde mi oscuridad veo todo tu cuerpo

y tú, que estás iluminada, no ves mis ojos,

ni siquiera mis ojos, ensombrecidos de luz tuya.

7

Mejor, sin duda, que hablar de los poemas de Rogelio Echavarría -y sospecho que ello pasa con todos los poetas- es volver a traer sus versos y oírlos, saborearlos y dejar que hablen por sí mismos. El lector encontrará en su breve obra versos tan saboridos como estos:

Las mujeres lavan su cuerpo de la sombra del lecho (…)

Todos engendramos nuestros lazarillos (…)

Todos nacemos ciegos y morimos sin saber qué es la luz

Hay poemas enteros reducidos a dos líneas:

Otro día perdido…

¡y la eternidad, intacta!

O hasta a un verso, el primero

¡De suerte que este instante es la vida!

que es ya el poema. No es necesario leer más. Uno lo dice y cierra el libro para paladearlo. Tan sencillo, tan sin pretensiones. Parece la exclamación de un cualquiera que se detiene cualquier día a mirar hacia atrás con asombro. Pero tan rotundo, dicho de qué manera:

¡De suerte que este instante es la vida!

 

El transeúnte (1948-1993). Medellín. Editorial Universidad de Antioquia. 1994. Págs. 9-19, 30-31, 34-35, 36-37, 45, 46, 57, 62, 64-65, 67, 67-68, 69, 70, 71, 72-73, 88-89, 99.

 

(Fuente: La Mecánica Celeste) 

No hay comentarios:

Publicar un comentario