MIRÁNDOTE, ME HE VISTO MORIR EN OTRA
Tan efímera la corola de marfil
cerrada como un coral en el mar del aire,
belleza de la extensión que halla en la simpleza
una gracilidad de formas más pequeñas
Enorme en la rama inalcanzable, oh copa
inmaculada alzándose en el devenir
impreciso de los años para ser, esto,
fulgor oculto que el perfume desoculta
y cualquier roce hiere. Como alas o brazos
que anhelan veo, caer la blancura mientras
se hace la fragancia aún más intensa. Así,
el amor nacido al temblor de una pasión
decae, en un instante, secreto cofre
de enigmas por la luz quemado y vuelto
urna de cenizas dispersas en el viento
que pronto tragarán las aguas del verano
Si ayer entré a ti como al cuerpo de la amada,
hoy debo en ti morir, pistilo que destilas
la fragancia más dulce y más triste, memoria
de ilusión que muere para siempre, magnolia
Vienes atravesando siglos hacia mí,
mi amada, para este encuentro efímero
Durará menos que mi impulso por fijarte
en la mirada. Llevan los pétalos marcas
que al corazón han guardado, una sustancia
de seda pesada volviendo al oro antiguo,
al principio del principio. No respirar
casi para no quebrarla, y aspirar
con anhelo de volverme yo su fragancia
Cuando se agosta la vida, cuando se inicia
el fin, recién el alma descubre sutil
la escena donde ambas fuimos colocadas
SIN LUCERO
Hoy el cielo hizo
todas las piruetas,
del rosa al oro
pálido al blanco
encaje de nubes
desprendidas, frágiles
y un anochecido
azul volviéndose
presagio, abierto
luego a esos matices
menos claros, cándidos
del día hacia misterios
poco pronunciables
como el amor, lento
y largo hacia el denso
corazón que sabe
no sabiendo nada
más que su descenso
a otro inalcanzable,
boca de lobo
donde se disuelven
al fin los celajes,
pronta está la noche
y la pena honda
LA VOZ DE LO AMADO
La noche se aposenta ligera
y lenta también, no sólo la luz
declina hacia su sombra, suena
cada instante diferente, trino
en despedida, solistas dramáticos,
ladridos de perros opacándose,
un croar, un latido de luciérnagas
y la luna en mitad creciente y
las estrellas aquietando el mundo
desde su cielo abierto, altar
visto desde aquí, desde el intenso
temblor contenido en el silencio
de la tierra, y al fin, el sonido
de los búhos llamándose así
como sólo criaturas monógamas
pueden hacer, para siempre dicen
en la noche y la noche se queda
sosegada, pura noche ya,
sin vestigios del día, y todos
los que tocamos a cada rato
lo sagrado porque simplemente
está ahí, nos adentramos en ella
Tan amorosos y solos, rostro
del vecino o de la amada limpios
por el lustral misterio de aquello
que empieza o acaba, por el umbral
del silencio y la distancia, noche,
dados por vos como si vos fueras
madre de Dios, puente, manto que une
lo tan presente, indescifrable
En: El arcano o el arca no. Poesía argentina de fin de siglo (2005)
Selección, prólogo y notas de Daniel Muxica
La Habana: Fondo Editorial Casa de las Américas, 2006, pp. 54-55, 55-56 y 56-57
(Fuente: Óscar Limache)
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