Yo traía recuerdos de distintas partes del mundo.
Corazoncitos. Almejas. Vasos. Banderines.
Mis castigos estaban repletos de miniaturas de ese tipo.
El teléfono se rompía a mitad de la noche. Gracias a eso nadie llamó.
Estaba feliz.
Me mantenía brillante como un piano de cola y marfiles.
Quería andar vertical. Pero me ondulaba.
Era difícil pensar en otra cosa.
La idea fija también es un crustáceo moviéndose en playas nocturnas.
Creciente e inspirado como la luz que lo alimenta.
Mi talento siempre era comprimirme. Igualar bichos bolita. Así me
proporcioné maldad. Abrigo.
Lo que más deseaba era ser como esos recuerdos. Tener su
consistencia.
Yo quería eso. Aún sabiendo que no habría manera de ser otra cosa.
Cada atardecer gritaba mi nombre.
A la mañana tenía que correr por el bosque.
Perseguir mis fluctuaciones. Mi plato de comida. Mi pincel.
Y al eco de mi nombre.
Para distinguir mi voz en los cielos arbóreos.
Para no olvidarlo. No extraviarlo. Como suele suceder con un dato escolar. Una llave. Un amor.
*
Imágenes by Romero Kio Saracho
(Fuente: Alicia Silva Rey)
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