Teníamos una película donde
nunca pasaba nada.
Era nuestra única película y la veíamos
cada día
y cada día cambiaba
la historia, los decorados, los paisajes.
Seguíamos absortos los movimientos
a veces sutiles, a veces de una inusitada
gracia, y otras
como estallidos en las galaxias
que explotaban en el cielo adivinado sobre nosotros.
Ah, cómo seguíamos todos los movimientos
en la pantalla! Con lentos movimientos
de cabeza,
sin entenderlos, sin
presentirlos y sin
explicación.
Hasta allí íbamos cada noche, cada día
a mirar el mundo
en la película que nos pasábamos proyectada
contra una pared blanca
y la brisa
que se colaba
por las ventanas abiertas
traía olores
a sal, a selva, a podredumbre
de ciudades desconocidas.
¿Cómo saber lo que pasaba,
lo que nos esperaba
cuando la sala se oscurecía
y las butacas crujían
de gente que se acomodaba
a pasar la noche
a pasar la vida
viéndose en la pantalla,
conteniendo el aliento,
adelantándose al final
para que no llegue nunca,
que no se ilumine la sala
hasta hacer desaparecer
todo?
- inédito
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