AL LECTOR
Lector mío, no tengas miedo
de que tu biblioteca se vea invadida
por tomos póstumos —una quincena—
con rígida armadura.
No. No será una edición lujosa:
una tapa sencilla, gris azul,
un libro pequeño,
para llevar encima.
Para que palpite junto al corazón
en el bolsillo de un saco de trabajo,
para que de la bolsa lo extraiga
la mano tibia de un ama de casa.
Para que una muchacha de volados de nailon
no vaya al baile por su culpa,
para que un estudiante que olvidó sus notas
lo lea durante la clase.
—«Camarada Inber —dirán los pedagogos—,
¡Increíble! No hay quien la entienda.
Usted viola un reglamento estricto,
confunde a nuestra juventud».
Lo sé: lo mío no es pedagógico.
Pero sé también que la fuerza de los versos
a veces puede reemplazar (en parte)
un baile alegre y una lección.
A veces, alterando el curso del día
(cuando yo me haya ido a la nada),
no mueras, librito pequeño:
viví más tiempo, criatura mía.
1963
Traducción de Natalia Litvinova
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