LIVIANDAD
Lo que asombra no es el modo como cantan
ciertas voces menores los aspectos más remotos
de la naturaleza. Creen predecir la conducta
de una piedra y suelen imaginar que dominan
la furia de los elementos, las tormentas,
los movimientos de la naturaleza, sus profundas
agonías de aparente disolución en el poema.
Se inquietan por el nacimiento, la vida o la muerte
pero no están muy atentos a la sangre mística
de los amantes verdaderos, no van a la caza
del vacío sensible ahí, donde ya no queda nada
por hacer. Los atrae sólo el rostro inexpresivo
del instinto. ¿Hacia dónde vuelan? ¿Todos ellos
sólo a través de su propia tormenta? No los impulsa
ninguna voz venida de otra parte y van con prisa,
sin aliento, hasta que desesperan cuando perciben
que no hay más fisicidad alrededor. Tal vez
invoquen a una divinidad entre dos nudos de dolor.
¿Pero qué deidad se animaría a estar cerca cuando
la conmoción cerebral los aísle o los entierre
en la arena movediza del poema?
…..
(Fuente: Daniel Freidemberg)
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