SOBRECOGEDOR
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Lloro porque soy viento,
lloro porque soy grito,
lloro porque es verdad
todo lo que aquí cito.
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Lloro porque no sé
qué más se puede hacer,
grito, desesperada,
lo que aquí escribo.
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Y os pido a todos
que gritéis conmigo,
que lloréis conmigo
y que exijáis que se haga algo
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no se qué, no sé cómo,
pero si sé que no hay que estar inerte
ante las guerras odiosas
que reparten miedo y muerte.
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Lloro por las mentiras que nos dicen,
por el dolor agudo en los hermanos,
porque no hemos aprendido nada
de tantas guerras y dolor pasados.
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Lloro también porque mis exabruptos,
tan rudos y tan crueles,
no pueden permanecer ya más callados
porque el silencio es cómplice emboscado
de lo que vemos en el telediario,
de lo que oímos y sabemos por la radio,
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porque no tienen leche las mujeres
para amamantar a sus hijos,
porque se mata a personas como a ratas.
Lloro porque en sus casas no hay enseres,
no hay comida, no hay paz, no hay ilusiones.
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Lloro porque los niños mueren de hambre,
lloro porque se viola a las mujeres,
porque se matan jóvenes y ancianos,
porque no hay medicinas en sus manos
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porque no tienen ni trabajo ni ocio,
lloro porque, en el fondo, hay un negocio
que de todo este horror saca partido.
Porque se ningunean nuestras leyes,
porque los intereses de unos pocos,
algunos conocidos y otros que no se sabe
si son ¿cuántos? ¿quiénes?
de toda esta maldad sacan sus bienes.
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Lloro porque el dinero,
cuando se enraíza y siembra
sobre la injusticia, la violencia y la sangre,
nos empobrece,
porque la perversión ya nos rodea,
porque se ausenta del alma el sentimiento
y la razón se quiebra.
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Lloro y me pregunto
¿qué más tiene que suceder
para que la comunidad internacional
reaccione con más efectividad
y frene a los señores de la guerra?
¿cuántos conflictos vamos almacenando,
soportando, oyendo, viendo,
pasando de la primera página
de los periódicos
a las del medio,
de pasada, o a ninguna
para que no se vean ni se noten tanto?
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Mientras el viento silba entre las ruinas,
nosotros nos compramos chaquetones;
mientras se quiebran vidas y razones,
se apoltrona la gente en los sillones;
mientras los gobernantes remolones
se pierden en ¿prudentes? burocracias.
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Me duele el día.
Ajeno a mi dolor,
el sol brillante;
ajeno a mi temor,
tiembla en la tarde.
sobre justos y pecadores, brilla
sobre las amenazas
y la voz sencilla.
Ruego que no me ciegue las pupilas
y abra rumbo su luz
para que resolvamos las rencillas.
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De muy muchas maneras,
hirió la vida al hombre
cuando no supo poner coto a las maldades.
De muy muchas, con las necedades
y el apoltronamiento confortable,
impide que su conciencia, su sentimiento
y su razón le hable.
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Sobrecoge la guerra y la violencia:
destruye al hombre, la sociedad, la vida, sus bases.
Sobrecogedor, sobrecogedor es, y parece que el hombre no lo sabe.
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Paz San Miguel
Febrero 2026
(Fuente: Daniel Edgardo Petasne)
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