lunes, 15 de enero de 2024

Robin Myers (Nueva York, EEUU, 1987)

 

Un poema sobre Dios

 

Enterraron sus cenizas al lado del padre que le pegaba.

Pasaba algo en toda la extensión de sus antebrazos


cuando tocaba el piano, su cuerpo se entregaba a un mensaje súbitamente descifrado.

Se entendía bien con sus tendones.


A lo mejor no debería estar escribiendo ésto. Yo no rezo

y creo que ella tampoco.


Estoy leyendo sobre la viruela en la conquista de América.

Estoy pensando en las generaciones acribilladas en la tierra del jardín de mis padres.


No hay hipérbole como la historia

ni otro Dios que Dios, es decir, por ejemplo, los áfidos,


esos que devoraron sus plantas de tomate,

tras llegar sin ser notados y sin invitación,


sembrando su rocío de miel como basura espacial.

No quiero ser simplista. Lo único que digo


es que creo en las plagas como creo en la música,

y que las de ella florecieron atrás de sus costillas y más lejos.


Y creo en las plagas que nos precedieron

y nos dejaron, a algunos, con vida. ¿Y cuando los insectos


no heredaron la tierra? Si me muero, decía hacia el final.

Antes de despertar, como se completaría el estribillo


de esa canción. No creo

que ella esté en ninguna parte salvo el puente del piano,


partes del cual había pegado cuidadosamente con cinta adhesiva:

ya sea para amortiguar un sonido o soltarlo


y luego hacerlo desaparecer como a ella le gustaba,

quién sabe, salvo el aire que una y otra vez lo recibía.


  Traducción de Ezequiel Zaidenwerg



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