Madera balsa
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Mi papá está parado frente a una sartén con sesos
y huevos. Pero, ¿quién tiene apetito
esta mañana? Me siento frágil como
la madera balsa. Algo ha sido dicho.
Mamá lo dijo. ¿Qué fue? Algo,
seguro, acerca del dinero. Ayudaré
si no como. Papá le da la espalda a la hornalla,
"Estoy en un agujero. No me hundas más".
La luz se filtra a través de la ventana. Alguien llora.
Lo último que recuerdo es el olor
a sesos y huevos quemados. La mañana entera
arrojada al tacho de basura y mezclada
con otras cosas. Más tarde,
él y yo vamos al basurero, a unos quince kilómetros.
No hablamos. Tiramos bolsas y cajas
a una pila oscura. Las ratas chillan.
Silban mientras se mueven entre bolsas podridas
arrastrando sus panzas. Volvemos al auto
a mirar el humo y el fuego. El motor está encendido.
Huelo el pegamento para avioncitos en mis dedos.
Él me mira mientras me llevo los dedos a la nariz.
Después aparta la mirada otra vez, hacia la ciudad.
Quiere decir algo pero no puede.
Está a un millón de kilómetros de distancia. Ambos estamos lejos
de ahí, y alguien todavía está llorando. En ese momento
empezaba a entender cómo es posible
estar en un lugar y en otro lugar también.
[traducción: Griselda García]
(Fuente: Griselda García)
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