Antibes
Oscuras y mojadas las gárgolas insomnes
no saben de este sol que rompe lento el río.
Ellas, con sus cabezas de piedra y de dragones
están en la Edad Media, vigilando los burgos
aterrados de hogueras. El norte está en sus ojos
y ninguna palabra nombra el país de gritos
donde las labra el miedo. Pequeño diablo gótico
¿quieres morder el sol que alisa estos cabellos?
¿quieres sembrar espanto en estos niños de oro?
La primavera abre las ramas del cerezo,
este es el sur de aquella sombra, ahora
sólo llueve en los cuentos. El tren cruza
las tierras de los cátaros. Hay jóvenes ociosos
con piercing en los labios, bordeando en bicicleta
los patios que florecen. Y la Edad Media ha muerto.
Su fantasma barbado ronda por cien castillos,
desde el tibio Garona que invade el frío Atlántico
hasta el soplo de tordos de Poitiers, hasta el vuelo
de un halcón plateado en Perigord, o el salto
de una ardilla de fuego en las banderas. Oigo
rudas bandas de rock por las tabernas, oigo
tambores africanos en el viento, esta tierra
donde abuelos de hierro dieron filo a sus dogmas,
donde los aldeanos crucificaron cerdos,
donde las brujas últimas ardieron en blasfemias,
con sus serenos valles de amapolas que han dicho,
por hoy, adiós por siempre a la apestosa guerra
llena de huesos rojos y de buitres hambrientos,
es bella esta mañana de llanuras en fuga.
EL TGV hace polvo los castillos, transforma
en trazos de Van Gogh los sembrados simétricos,
hace girar los pueblos ante los campanarios
y cambia a Arles en Nimes y a Nimes en Marsella
y al valle en mar y al mar en sombra y sueño.
Lejos están las gárgolas, en sus rencores góticos,
aquí hay raudas palmeras, y yates, y casinos,
frías playas que esperan sus turistas del norte.
Ha muerto la Edad Media. Yo la vi, vasta y sola
en la tumba más bella del Sur, el claustro inmenso
donde las blancas columnas se abren arriba en palmas,
en las solemnes naves jacobinas, que rayan
y doran y empurpuran los vitrales abstractos.
Allí, en el centro mismo de un palacio vastísimo
en un cofre dorado Tomás de Aquino espera.
Sólo dos santos tuvo la locura de Europa,
aquella edad de dogmas y de hogueras, dos santos
indómitos, ilímites, ingenuos, italianos,
y bastan dos para una edad del mundo, y bastan
dos santos para una religión. Aquí ardieron
dolcinistas y cátaros, teólogos y herejes,
y mil santos anónimos fueron fuego en el viento
bajo la absolución del mudo cielo, pero
estos dos fueron santos ante un dios más piadoso:
Tomás pulió una lengua que educaría a los ángeles,
Francisco hizo canciones que entendieron los pájaros.
Aquí, frente a este sueño de cipreses y rocas,
con todo el mar latino frente a mí, mientras sueño
que en la cercana costa Cartago alumbra al África,
aquí, frente a la costa, con brisas de los Alpes
en mi cuello, esta noche, por ellos dos, y a solas,
le doy gracias a Italia. Vuelven en la memoria
la fortaleza roja de Carcassonne, los nidos
de cigüeña en las blancas almenas, los ciruelos,
las tenaces discordias de Avignon, y hay un fondo
de italiano en el viento. Alma, en el Mediodía
es medianoche. Ladran las colinas de Antibes
y es Italia esta vasta dulzura en las colinas.
Gracias al mar de acero y al faro que lo arrasa,
gracias a la honda noche que borró los cipreses,
y a ese perro que vela conmigo ante el peñasco.
La costa azul es la negra. Y la Edad Media ha muerto.
Yo despido sus buitres.
Yo no quiero pensar en la muerta Edad Media
que hoy cubre con su manto de gallinazos negros
la selva equinoccial que da vida a mi pecho.
(Fuente: El poeta ocasional)
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