Chupábamos mariscos
entre las rocas y los barrancos.
La caleta
refulgía bajo el sol.
Harto limón y pisco.
En la escollera
y el baranderío pituco,
los turistas
exclamaban "ah", "oh",
"mira, pues",
y aburrían
con selfies, polaroids,
leicas y huevadas
por el estilo,
qué belezza, unos,
veri gud, otros,
quiero poner algo por schöen
y no me sale,
pero ustedes entenderán
estos baches tan comunes
en gente del común.
Y cuando las olas
revolvían grandes espumas,
manchones empetrolados,
mugre que se desparrama
para apagar el agua
y la vida,
nos dábamos un chapuzón,
braceábamos un rato
y como hormigas al cadáver,
medio tiritando, riendo,
y diciendo miéchica,
nos zampábamos
otra botellita, un cigarro,
rutinas
por hacer nomás.
Y venía el ocaso
y su ruiderío de pájaros
que se guardan,
inminente el peligro de la noche
y sus racimos de carga oscura.
Entonces,
bailábamos como
langostas con tiritones neurológicos,
felices, asustados,
morbosos y salutíferos.
Se corría la voz
que en esa ventana que el vasto océano
abre a la Polinesia,
un helicóptero
dejaba caer bultos contrahechos,
que viraba a tierra
y traía más.
No queríamos creerlo,
necesitábamos no creerlo,
pero las luces titilantes
de Valparaíso
decían otra cosa,
tensas y cordiales.
- Inédito -
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