Voy vestida de Novia
con un traje blanco y muy largo,
con el cual me enredo,
mi embarazo no se nota
es una nuez en mi vientre,
los ríos confluyen muy transparentes.
Virginia y Grecia lavan las piedras,
no cuento con una caída en picada,
es denso el consentimiento de mi compañero,
una bruja vestida de negro volando en su escoba
asusta a los invitados a la boda,
se resguardan sobre la casa
que se desmorona en la cumbre.
Lo que no vi callé, lo que admiré
lo convertí en el oscuro testamento de mis días.
Ahora mis huesos son cal para las aves de los campos.
Regué luego las flores
que adornaron las mesas
y lancé mi bouquet
a una vieja solterona y desprejuiciada
que besó mil bocas suicidas
y sucumbió ante cuerpos
olorosos a almizcle y aguardiente,
mi boda fue una mañana azul
donde el viento no soplaba sino se enardecía
iba como una muerta,
pálida y sin ninguna expresión,
el tiempo rebotó
junto a las ballenas venidas de un mar alterno,
ahogué mis ecos,
saturé mis pesadillas de rosas y dinero,
pasé por el dintel de su puerta
y crecí como levadura hasta el cielo,
miré tu rostro en mi desmemoria
y no supe más de Valmore en mis sueños,
ni de los fantasmas que me aterran
en las mazmorras viscosas
de los vasos curtidos por el tiempo.
Pero he soñado Dylan Thomas, he soñado
con la sal de las apariciones
y la fecunda caída del tiempo entre mis manos.
Miro al novio y culmina mi boda.
…
Insilio 9
No miro de espaldas:
Nací en una de las ciudades
más depauperadas y peligrosas del mundo,
en el gran monstruo de concreto blanco
que se come los niños
y los vomita en cielos azules que no existen
porque el Comunismo los tiñó de sangre y de hedor;
sus médicos y enfermeras
tienden sus uniformes amarillo blanquecino al sol,
sus salarios actuales de cuatro dólares al mes
no me hubiesen permitido nacer;
no quería venir al mundo,
no quería nacer,
me extrajeron con unos fórceps que me obligaron a vivir
en este país que ahora desconozco.
Ciudad donde ahora
se cocinan los perros callejeros como almuerzo,
los cuchillos destellan un blanco plateado,
se cuelgan de ganchos improvisados como reses,
sus estertores no lastiman
porque hervirán en las viejas latas de manteca.
*Estos poemas pertenecen al libro El país de Amanda
(Fuente: La Parada poética)
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