NO ME LAMENTO, NO LLAMO, NO LLORO…
No me lamento, no llamo, no lloro,
todo pasará como humo de manzanos blancos.
Preso del oro del marchitamiento,
Ya jamás seré joven.
Ahora ya no vas a batir
corazón, tocado por un frío.
Y el país de percal de los abedules
no me invitará para vagar descalzo.
Ánimo de vagabundo, ya muy raramente
avivarás la llama de los labios.
Oh, mi perdida frescura,
alboroto de los ojos, inundación de los sentidos.
Ahora soy más avaro en deseos,
¿Vida mía? ¿O acaso me has soñado?
Como si en resonante madrugada de abril
hubiera galopado sobre un caballo rosa.
Todos, todos en este mundo somos perecederos,
sin ruido se derrama el cobre de los arces…
Que sea bendito eternamente
todo lo que llegó para florecer y morir.
YA NOS VAMOS MARCHANDO POCO A POCO…
Ya nos vamos marchando poco a poco
al país donde hay calma y ventura.
Quizá yo mismo dispondré muy pronto
mi frágil equipaje para el viaje.
¡Queridas espesuras de abedules!
¡Tú, tierra! ¡Y vosotras, arenas de las llanuras!
No consigo ocultar mi pesadumbre
ante la infinidad de los que parten.
He amado demasiado en este mundo
todo lo que viste de carne el alma.
¡Paz a los álamos que extendiendo sus ramas
miran temblando las aguas rosadas!
Muchos pensamientos he madurado en la calma,
muchas canciones compuse sobre mí.
De haber vivido y respirado en esta
desapacible tierra soy feliz.
Soy feliz porque he besado mujeres,
he arrancado flores, me revolqué en la hierba,
y a los animales, hermanos menores,
no he golpeado nunca en la cabeza.
Sé que allí no florecen los bosques,
no cimbrea el centeno de cuello de cisne.
Por eso siempre me estremezco
ante la infinidad de los que se van.
Sé que en aquel país no brillarán
los trigos como el oro en la niebla.
Por eso quiero tanto a los hombres
que viven conmigo en la tierra.
ESTOY CANSADO DE VIVIR EN MI TIERRA
Estoy cansado de vivir en mi tierra.
Fatigado por la vasta llanura de trigo
sarraceno, abandonaré mi cabaña,
me marcharé, y seré vagabundo y ladrón.
Con los rizos blancos del día
buscaré un paradero miserable.
Y, pensando en mí, mi amigo querido
afilará la navaja de su bota.
El camino amarillo del prado
se envolverá con sol y primavera,
y aquélla cuyo nombre guardo
me expulsará del umbral.
Y de nuevo volveré a la casa del padre,
me consolaré con ajena alegría
y una tarde verde, bajo la ventana,
me colgaré de mi propia manga.
Al pie del cercado los sauces canosos
amorosamente inclinarán sus copas,
y me enterrarán sin lavar
bajo el ladrido de los perros.
Navegará la luna, navegará,
y dejará caer sus remos en los lagos.
Y Rusia vivirá como antes
bailando y llorando al pie del cercado.
Versiones de Olga Starovoitova y José Jiménez.
(Fuente: Henderson Espinosa)