HERENCIA INESPERADA
Nos dejaron solas,
hermana.
Sin aviso, sin enfermedades.
Silenciosas como la peste
Frente a la puerta
dejaron sus zapatos
—demasiado grandes,
demasiado pequeños—,
como pies a punto
de iniciar un viaje.
Ya no están.
No hace falta servirles
platos de hambre
o tenderles la cama.
Sabemos el día exacto
en que vistieron nuestras ropas
y se marcharon para no volver,
sin palabras.
Sin testamento escrito,
ni previa autorización,
nos heredaron su tiempo.
Un reguero de años
que vamos acomodando
en las alacenas
de lo imborrable.
No te afanes por comprender.
La niña que yo era
y la niña que tú fuiste
jamás volverán a casa.
Nos dejaron solas,
hermana,
enfrascadas
en esta larga conversación.
Al fin dos adultas sin voz
de tanto llamarlas.
(Fuente: Adriana Hoyos)
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